Martes 24 de marzo
Una mujer virtuosa

Dios es el Maestro de su pueblo. Todos los que humillan sus cora¬zones delante de él serán enseñados de Dios. “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundante¬mente, y no zahiere; y le será dada”. El Señor quiere que todo miembro de iglesia ore fervientemente por sabiduría, para que sepa lo que el Señor quiere que haga. Es el privilegio de todo creyente obtener una experiencia individual, aprendiendo a llevar sus cuidados y perplejida¬des a Dios. Está escrito: “Allegaos a Dios, y él se allegará a vosotros” (Testimonios para los ministros, pp. 486, 487).
… Nuestra seguridad, nuestra sabiduría, dependen de reconocer las instrucciones de Dios y prestarles oídos. El conocimiento más valioso que podamos obtener es el conocimiento de Dios. Los que caminen humildemente delante de él, amándole soberanamente y obedeciendo su Palabra, recibirán la bendición de la sabiduría. Se les dará el cono¬cimiento del cielo para impartirío a otros. La sabiduría es un don de Dios que debe conservarse libre de toda contaminación. Su posesión hace que todo individuo a quien se confiera este don tiene la obligación de glorificar a Dios bendiciendo a sus prójimos. Siempre debe tener en cuenta el temor de Jehová, preguntándose a cada paso: “¿Es éste el camino del Señor?” (Comentario bíblico adventista, t. 2, p. 1026).
Abigail insinuó el curso que David debía seguir. Debía librar las batallas del Señor. No debía procurar vengarse por los agravios perso¬nales, aun cuando se le perseguía como a un traidor. Continuó diciendo: “Bien que alguien se haya levantado a perseguirte y atentar a tu vida, con todo, el alma de mi señor será ligada en el haz de los que viven con Jehová Dios tuyo… Y acontecerá que cuando Jehová hiciera con mi señor conforme a todo el bien que ha hablado de ti, y te mandare que seas caudillo sobre Israel, entonces, señor mío, no te será esto en tropie¬zo y turbación de corazón, el que hayas derramado sangre sin causa, o que mi señor se haya vengado por sí mismo. Guárdese pues mi señor, y cuando Jehová hiciere bien a mi señor, acuérdate de tu sierva”.
Estas palabras solo pudieron brotar de los labios de una persona que participaba de la sabiduría de lo alto. La piedad de Abigail, como la fragancia de una flor, se expresaba inconscientemente en su semblante, sus palabras y sus acciones. El Espíritu del Hijo de Dios moraba en su alma. Su palabra, sazonada de gracia, y henchida de bondad y de paz, derramaba una influencia celestial. Impulsos mejores se apoderaron de David, y tembló al pensar en lo que pudiera haber resultado de su propó¬sito temerario. “Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios” (S. Mateo 5:9). ¡Ojalá que hubiera muchas personas como esta mujer de Israel, que suavizaran los sentimientos irritados y sofocaran los impulsos temerarios y evitaran grandes males por medio de palabras impregnadas de una sabiduría serena y bien dirigidas!
Una vida cristiana consagrada derrama siempre luz, consuelo y paz. Se caracteriza por la pureza, el tino, la sencillez y el deseo de servir a los semejantes. Está dominada por ese amor desinteresado que santifica la influencia. Está henchida del Espíritu de Cristo, y doquiera vaya quien la posee deja una huella de luz.
Abigail era sabia para aconsejar y reprender. La ira de David se disipó bajo el poder de su influencia y razonamiento. Quedó convencido de que había tomado un camino malo, y que había perdido el dominio de su propio espíritu. Con corazón humilde recibió la reprensión, en armonia con sus propias palabras: “Que el justo me castigue, será un favor, y que me reprenda será un excelente bálsamo” (Salmo 141:5). Le dio las gracias y la bendijo por haberle aconsejado tan rectamente (Patriarcas y profetas, pp. 724, 725).

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