Martes 29 de abril: Tiempo para el regocijo (S. Marcos 2:27, 28)
Con el fin de preparar el terreno para la realización de sus fines, Satanás indujo a los judíos, antes del advenimiento de Cristo, a que recargasen el sábado con las más rigurosas exacciones, de modo que su observancia fuese una pesada carga. Aprovechándose luego de la falsa luz bajo la cual lo había hecho considerar, hízolo despreciar como institución judaica. Mientras que los cristianos seguían observando generalmente el domingo como día de fiesta alegre, el diablo los indujo a hacer del sábado un día de ayuno, de tristeza y de abatimiento para hacer patente su odio al judaísmo (El conflicto de los siglos, p. 56, 57).
La observancia del sábado entraña grandes bendiciones, y Dios desea que el sábado sea para nosotros un día de gozo. La institución del sábado fue hecha con gozo. Dios miró con satisfacción la obra de sus manos. Declaró que todo lo que había hecho era “bueno en gran manera” (Génesis 1:31). El cielo y la Tierra se llenaron de regocijo. “Las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos los hijos de Dios” (Job 38:7). Aunque el pecado entró en el mundo para mancillar su obra perfecta, Dios sigue dándonos el sábado como testimonio de que un Ser omnipotente, infinito en bondad y misericordia, creó todas las cosas. Nuestro Padre celestial desea, por medio de la observancia del sábado, conservar entre los hombres el conocimiento de sí mismo. Desea que el sábado dirija nuestra mente a él como el verdadero Dios viviente, y que por conocerle tengamos vida y paz (Joyas de los testimonios, t. 3, p. 16).
A fin de santificar el sábado, no es necesario que nos encerremos entre paredes, y que nos privemos de las hermosas escenas de la naturaleza, del aire libre y vigorizador y de la hermosura del cielo. En ningún caso debemos permitir que las cargas y las transacciones comerciales distraigan nuestra mente en el sábado del Señor que él ha santificado. No debemos permitir que nuestra mente se espacie siquiera en cosas de carácter mundanal.
Pero la mente no puede ser refrigerada, vivificada y elevada si quedamos encerrados durante casi todas las horas del sábado entre paredes, escuchando largos sermones y oraciones tediosas y formales. El sábado del Señor recibe un uso erróneo si se lo celebra así. No se alcanza el objeto para el cual fue instituido.
El sábado fue hecho para el hombre, para beneficiarle al apartar su espíritu de la labor secular a fin de que contemple la bondad y la gloria de Dios. Es necesario que el pueblo de Dios se reúna para hablar de él, para intercambiar pensamientos e ideas acerca de las verdades contenidas en su Palabra, y dedicar una parte del tiempo a la oración apropiada. Pero estos momentos, aun en sábado, no deben ser hechos tediosos por su dilación y falta de interés (Joyas de los testimonios, t. 1, p. 276, 277).
Pero mientras damos culto a Dios, no hemos de considerar esto como una tarea penosa. El sábado del Señor ha de ser hecho una bendición para nosotros y para nuestros hijos. Ellos han de considerar el sábado como un día de delicia, un día que ha santificado Dios, y así lo considerarán si son debidamente instruidos… [Los padres] pueden señalar las flores en capullos y los capullos abiertos, los elevados árboles y las bellas briznas y enseñar que Dios hizo todas estas cosas en seis días y descansó en el séptimo y lo bendijo. En esa forma, los padres pueden dedicarse con afán a instruir a sus hijos, de modo que cuando ellos contemplen las cosas de la naturaleza, recuerden al gran Creador de todas ellas (En lugares celestiales, p. 152).
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