Notas de Elena | Martes 7 de febrero 2017 | El agente de santificación | Escuela Sabática


Martes 7 de febrero: El agente de santificación

La santificación es una obra cotidiana. Que nadie se engañe pensando que Dios perdonará y bendecirá a los que están pisoteando uno de sus requerimientos. La comisión voluntaria de un pecado conocido, silencia el testimonio del Espíritu, y separa el alma de Dios. Cualquiera sea el éxtasis del sentimiento religioso, Jesús no puede morar en el corazón que desobedece la ley divina. Dios honrará a aquellos que lo honran.
“¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis?” Romanos 6:16. Si cedemos a la ira, la concupiscencia, la codicia, el odio, el egoísmo, o algún otro pecado, nos hacemos siervos del pecado. “Ningún siervo puede servir a dos señores”. Lucas 16:13. Si servimos al pecado, no podemos servir a Cristo. El cristiano sentirá las incitaciones del pecado, porque la carne codicia contra el Espíritu; pero el Espíritu batalla contra la carne, manteniéndose en una lucha constante. Aquí es donde se necesita la ayuda de Cristo.
La debilidad humana llega a unirse a la fortaleza divina, y la fe exclama: “Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”. 1 Corintios 15:57 (La edificación del carácter, p. 91).
“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. 1 Corintios 10:31. He aquí un principio que yace en el fundamento de todo acto, pensamiento y motivo: la consagración de todo el ser, tanto el aspecto físico como el mental, al control del Espíritu de Dios. Deben crucificarse la voluntad no santificada y las pasiones, lo que puede considerarse como una obra estricta y severa. Sin embargo debe hacerse, o ustedes oirán la terrible sentencia de los labios de Jesús: “Apartaos”. Pueden hacer todas las cosas mediante Cristo, que los fortalece… Que el Dios de paz los santifique por completo, alma, cuerpo y espíritu (Testimonios para la iglesia, t. 3, pp. 95, 96).
Andar en la luz significa ser decidido, pensar, ejercer fuerza de voluntad, en un ferviente intento de representar a Cristo en la dulzura de su carácter. Significa apartar toda lobreguez. No debéis descansar satisfechos diciendo solamente: “Soy un hijo de Dios”. ¿Estáis contemplando a Jesús, y al contemplarlo, os estáis transformando a su semejanza? Caminar en la luz significa avanzar en el desarrollo de los dones espirituales. Pablo declaró: “No que ya haya alcanzado, ni que ya sea perfecto; pero… olvidando ciertamente lo que queda atrás”, al contemplar constantemente el Modelo, me extiendo “a lo que está adelante”. Caminar en la luz significa caminar “rectamente”, caminar “en la ley de Jehová”, caminar “por fe”, caminar “en el Espíritu”, caminar “en tu verdad”, caminar “en amor”, caminar “en novedad de vida”. Esto es perfeccionar “la santificación en temor de Dios”.
Cuando la luz del cielo resplandece sobre el instrumento humano, su rostro expresará la alegría del Señor que mora en su alma. Es la ausencia de Cristo en el alma la que hace que la gente se entristezca y albergue dudas en su mente. Es la carencia de Cristo lo que entristece el rostro y hace de la vida un peregrinaje de suspiros. La alegría es la clave de la Palabra de Dios para todos los que la reciben. ¿Por qué? Porque tienen la luz de la vida. La luz da alegría y regocijo, y este último se manifiesta en la vida y el carácter (Hijos e hijas de Dios, p. 202).

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