Martes 8 de julio: “Yo soy Dios”
“Yo y el Padre uno somos” (S. Juan 10:30). Con cuánto poder y firmeza pronunció estas palabras. Los judíos jamás habían escuchado palabras semejantes de labios humanos, y una influencia persuasiva se apoderó de ellos; porque pareció que la divinidad fulguró a través de la humanidad cuando Jesús dijo: “Yo y el Padre uno somos” […]. Jesús los miró con calma y les dijo intrépidamente: “Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?”.
La majestad del cielo permaneció en perfecta calma, como un Dios delante de sus adversarios. No se intimidó ante sus rostros amenazadores y sus manos cargadas de piedras. El sabía que estaba rodeado de fuerzas invisibles y legiones de ángeles dispuestos, con una sola palabra procedente de sus labios, a paralizar a la multitud si se atrevían a amenazarle con lanzarle una sola piedra. Permaneció impávido ante ellos. ¿Por qué no volaron las piedras sobre él? Fue porque la divinidad fulguró a través de su humanidad, y recibieron una revelación y se convencieron de que las pretensiones de Cristo no eran comunes. Las manos se relajan y las piedras caen al suelo. Sus palabras habían confirmado su divinidad, pero ahora su presencia personal, la luz de sus ojos, la majestad de su porte, dan testimonio del hecho de que es el amado Hijo de Dios (Exaltad a Jesús, p. 220).
El efecto producido sobre el pueblo por la curación del paralítico fue como si el cielo, después de abrirse, hubiese revelado las glorias de un mundo mejor. Mientras que el hombre curado pasaba por entre la multitud, bendiciendo a Dios a cada paso, y llevando su carga como si hubiese sido una pluma, la gente retrocedía para darle paso, y con temerosa reverencia le miraban los circunstantes, murmurando entre sí: “Hemos visto maravillas hoy”.
Los fariseos estaban mudos de asombro y abrumados por su derrota. Veían que no había oportunidad de inflamar a la multitud con sus celos. El prodigio realizado en el hombre, a quien ellos habían entregado a la ira de Dios, había impresionado de tal manera a la gente, que por el momento los rabinos quedaron olvidados. Vieron que Cristo poseía un poder que ellos habían atribuido solo a Dios; sin embargo, la amable dignidad de sus modales, estaba en marcado contraste con el porte altanero de ellos. Estaban desconcertados y avergonzados; y reconocían, aunque no lo confesaban, la presencia de un Ser superior. Cuanto más convincente era la prueba de que Jesús tenía en la tierra poder de perdonar los pecados, tanto más firmemente se atrincheraban en la incredulidad. Salieron de la casa de Pedro, donde habían visto al paralítico curado por la palabra de Jesús, para inventar nuevas maquinaciones con el fin de hacer callar al Hijo de Dios (El Deseado de todas las gentes, p. 236).
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