Notas de Elena | Miércoles 1 de agosto del 2018 | El comienzo del ministerio de Pablo | Escuela Sabática

Miércoles 1 de agosto: El comienzo del ministerio de Pablo
Las noticias de que había apostasía en algunas de las iglesias levantadas por él, le causaban profunda tristeza. Temía que sus esfuerzos en favor de ellas pudieran resultar inútiles. Pasaba muchas noches de desvelo en oración y ferviente meditación al conocer los métodos que se empleaban para contrarrestar su trabajo. Cuando tenía oportunidad y la condición de ellas lo demandaba, escribía a las iglesias para reprenderlas, aconsejarlas, amonestarlas y animarlas. En estas cartas, el apóstol no se explaya en sus propias pruebas; sin embargo, ocasionalmente se vislumbran sus labores y sufrimientos en la causa de Cristo. Por amor al evangelio soportó azotes y prisiones, frio, hambre y sed, peligros en tierra y mar, en la ciudad y en el desierto, de sus propios compatriotas y de los paganos y los falsos hermanos. Fue difamado, maldecido, considerado como el desecho de todos, angustiado, perseguido, atribulado en todo, estuvo en peligros a toda hora, siempre entregado a la muerte por causa de Jesús.
En medio de la constante tempestad de oposición, el clamor de los enemigos y la deserción de los amigos, el intrépido apóstol casi se descorazonaba. Pero miraba hacia atrás al Calvario, y con nuevo ardor se empeñaba en extender el conocimiento del Crucificado. No estaba sino hollando la senda manchada de sangre que Cristo había hollado antes. No quería desistir de la guerra hasta que pudiera arrojar su armadura a los pies de su Redentor (Los hechos de los apóstoles, p. 240).
El alma probada por la tempestad nunca es más afectuosamente amada por su Salvador que cuando está sufriendo el reproche por causa de la verdad. Cuando por causa de la verdad tiene que presentarse ante los tribunales [de los] injustos, Cristo está a su lado. Todos los reproches que caen sobre el creyente humano caen también sobre Cristo en la persona de sus santos. “Yo le amaré, y me manifestaré a él” [Juan 14:21]. Cristo es condenado de nuevo en la persona de sus discípulos que creen en él.
Cuando el creyente es encarcelado por causa de la verdad entre los muros de la prisión, Cristo mismo se manifiesta a él y encanta su corazón con su amor (Mensajes selectos, t. 3, pp. 480, 481).
Deberíamos mantener ocupada nuestra mente con el amor, la misericordia y la gracia de nuestro Dios… Experimentamos aflicción para que, en la providencia de Dios, podamos ver que Cristo es nuestro ayudador, que en él hay amor y consuelo. Podemos recibir gracia con la cual ser vencedores, y heredar la vida que se mide con la vida de Dios. Debemos tener tal experiencia, para que cuando la aflicción nos sobrecoja, no nos alejemos de la fe y elijamos el lado de Satanás…
Mediante la mano de la fe, aférrese de las promesas de Dios, y póngase en terreno ventajoso (A fin de conocerle, p. 277).
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NOTAS DE ELENA G. DE WHITE
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