Notas de Elena | Miércoles 1 de febrero 2017 | Condiciones – II | Escuela Sabática


Miércoles 1 de febrero: Condiciones – II
Cristo no reviste el pecado con su justicia, sino que elimina el pecado, y en su lugar imputa su propia justicia. Cuando el pecado de usted es limpiado, la justicia de Cristo lo precede, y la gloria de Dios es su retaguardia. Su influencia será entonces decididamente de parte de Cristo; pues en vez de centrarse en el yo, usted hará de Cristo el centro, y sentirá que es un guardián de los depósitos sagrados que Dios le encomendó…
Dejemos de miramos a nosotros mismos, y miremos hacia él, de quien provienen todas las virtudes. Nadie puede mejorarse a sí mismo, sino que hemos de acudir a Jesús como somos, deseando fervientemente ser limpiados de toda mancha y suciedad de pecado, y recibir el don del Espíritu Santo. Por medio de la fe viviente debemos asimos de su promesa, pues él ha dicho: “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Reflejemos a Jesús, p. 205).
La perseverancia en la oración ha sido constituida en condición para recibir. Debemos orar siempre si queremos crecer en fe y en experiencia. Debemos ser “perseverantes en la oración” (Romanos 12:12). “Perseverad en la oración, velando en ella, con acciones de gracia” (Colosenses 4:2). El apóstol Pedro exhorta a los cristianos a que sean “sobrios, y vigilantes en las oraciones” (1 Pedro 4:7). El apóstol Pablo aconseja: “En todas las circunstancias, por medio de la oración y la plegaria, con acciones de gracias, dense a conocer vuestras peticiones a Dios” (Filipenses 4:6). Dice Judas: “Vosotros empero, hermanos… orando en el Espíritu Santo, guardaos en el amor de Dios” (Judas 20, 21). Orar sin cesar es mantener una unión continua del alma con Dios, de modo que la vida de Dios fluya a la nuestra, y de nuestra vida la pureza y la santidad refluyan a Dios.
Es necesario ser diligentes en la oración; ninguna cosa os lo impida. Haced cuanto podáis para que haya una comunión continua entre el Señor Jesús y vuestra alma. Aprovechad toda oportunidad de ir adonde se suela orar. Los que están realmente procurando mantenerse en comunión con Dios asistirán a los cultos de oración, serán fíeles en cumplir su deber, y ávidos y ansiosos de cosechar todos los beneficios que puedan alcanzar. Aprovecharán toda oportunidad de colocarse donde puedan recibir rayos de luz celestial.
Debemos orar también en el círculo de nuestra familia; y sobre todo no descuidar la oración privada, porque ella es la vida del alma. Es imposible que el alma florezca cuando se descuida la oración. La sola oración pública o con la familia no es suficiente. En medio de la soledad, abrid vuestra alma al ojo penetrante de Dios. La oración secreta solo debe ser oída por el Dios que oye las oraciones. Ningún oído curioso debe recibir el peso de tales peticiones. En la oración privada el alma está libre de las influencias del ambiente, libre de excitación. Tranquila pero fervientemente se elevará la oración hacia Dios. Dulce y permanente será la influencia que dimana de Aquel que ve en lo secreto, cuyo oído está abierto a la oración que brota del corazón. Por una fe sencilla y serena el alma se mantiene en comunión con Dios, y recoge los rayos de la luz divina para fortalecerse y sostenerse en la lucha contra Satanás. Dios es el castillo de nuestra fortaleza.
Orad en vuestro gabinete; mientras atendéis a vuestro trabajo cotidiano, levantad a menudo vuestro corazón a Dios (El camino a Cristo, pp. 98, 99).

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