Miércoles 13 de agosto: Amarás a tus enemigos
“Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (S. Mateo 5:44).
Nuestra vida debe estar de tal modo oculta con Cristo en Dios, que cuando hagamos frente a amargos discursos y palabras burlonas y miradas perversas, no permitiremos que nuestros sentimientos se agiten contra nuestros adversarios, sino que sentiremos profunda simpatía por ellos, porque no saben nada del precioso Salvador a quien pretenden conocer. Debemos recordar que están al servicio del más acérrimo enemigo de Jesucristo, y que al paso que todo el cielo está abierto a los hijos e hijas de Dios, ellos no tienen ese privilegio. Debéis sentiros como el pueblo más feliz que mora en la Tierra. Sin embargo, como representantes de Cristo, sois como corderos en medio de lobos, tenéis a Alguien que puede ayudaros en todas las circunstancias, y no seréis devorados por esos lobos, si os mantenéis cerca de Jesús. ¡Cuán cuidadosos debéis ser de representar a Jesús en cada palabra y acción! Cuando os levantáis por la mañana, cuando vais a la calle, cuando volvéis, debéis sentir que Jesús os ama, que está a vuestro lado, y que no debéis fomentar pensamientos que ofendan a vuestro Salvador (A fin de conocerle, p. 185).
Cuando nuestro carácter no conocía el amor y éramos “aborrecibles” y nos aborrecíamos “unos a otros”, nuestro Padre celestial tuvo compasión de nosotros. “Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, sino por su misericordia”. Si recibimos su amor, nos hará igualmente tiernos y bondadosos, no solo con quienes nos agradan, sino también con los más defectuosos, errantes y pecaminosos.
Los hijos de Dios son aquellos que participan de su naturaleza.
No es la posición mundanal, ni el nacimiento, ni la nacionalidad, ni los privilegios religiosos, lo que prueba que somos miembros de la familia de Dios; es el amor, un amor que abarca a toda la humanidad. Aun los pecadores cuyos corazones no estén herméticamente cerrados al Espíritu de Dios responden a la bondad. Así como pueden responder al odio con el odio, también corresponderán al amor con el amor. Solamente el Espíritu de Dios devuelve el amor por odio. El ser bondadoso con los ingratos y los malos, el hacer lo bueno sin esperar recompensa, es la insignia de la realeza del cielo, la señal segura mediante la cual los hijos del Altísimo revelan su elevada vocación (El discurso maestro de Jesucristo, p. 65, 66). http://escuelasabatica.es/

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