Miércoles 15 de octubre: Tardo para hablar
Los que hablan como Cristo habló, nunca introducirán palabras que como dardos amargos, hieran el alma. “Jehová escuchó y oyó”. ¿Tendrá usted presente que el Señor escucha las palabras que hablamos, y conoce el espíritu que impulsa nuestras acciones?… ¿No es ser como Cristo, hablar palabras de bondad, de consuelo, aunque se sienta inclinado a hacer lo contrario?
Trabajad desinteresada, amante y pacientemente, por todos con quienes os relacionéis. No mostréis impaciencia. No profiráis ni una palabra áspera. Haya el amor de Cristo en vuestro corazón, la ley de la bondad en vuestros labios.
Toda alma que conocemos es la adquisición de la sangre de Cristo, y debemos proferir palabras bondadosas, y tener atenciones consideradas con los que están entre nosotros. Los jóvenes necesitan la ayuda de palabras y acciones bondadosas.
Como el rocío y las lluvias suaves caen sobre las plantas agostadas, caigan también con suavidad vuestras palabras, cuando procuréis sacar a los hombres del error. El plan de Dios consiste en llegar primero al corazón. Debemos decir la verdad con amor, confiados en que él le dará poder, para reformar la conducta. El Espíritu Santo aplicará al alma, la palabra dicha con amor.
En la obra de ganar a otros, podemos obtener las más preciosas victorias. Debiéramos dedicamos con un celo incansable, con una fidelidad ferviente, con abnegación y con paciencia, a la obra de ayudar a los que necesitan desarrollarse. Las palabras bondadosas y de ánimo harán maravillas. Hay muchos que se mostrarán susceptibles al mejoramiento, si se hace un esfuerzo alegre y constante a su favor, sin críticas ni regaños. Mientras menos critiquemos a otros, mayor será la influencia que podamos ejercer sobre ellos para el bien. Para algunos, las advertencias frecuentes aunque positivas harán más mal, que bien. Permitamos que la bondad cristiana se haga manifiesta a todos.
El Señor Jesús quiere, que mostremos un rostro agradable, que hablemos palabras de bondad y simpatía. Aunque estemos enfermos o nos sintamos indispuestos, no necesitamos decírselo a los demás. Si hablamos de la bondad del Señor, esto actuará como una cura para la tristeza y la pena.
Nuestras palabras, ya sea en el hogar o en nuestras asociaciones fuera del hogar, serán bondadosas, afectuosas y puras. Si estudiamos la Palabra y la hacemos parte de nuestra vida, como representa la frase “comer la Palabra”, tendremos una experiencia sólida, que siempre nos llevará a la verdad. Con diligencia estudiaremos nuestro corazón, comparando nuestro diario hablar y la índole de nuestra obra con la Palabra, para no cometer errores.
El principal requisito del lenguaje es el de ser puro, bueno y sincero: “La expresión externa de una gracia interior”… La mejor escuela para este estudio del lenguaje es el hogar.
Las palabras bondadosas son como rocío y suaves lluvias para el alma. La Escritura dice acerca de Cristo, que se concedió gracia a sus labios, para que pudiese “hablar en sazón palabra al cansado”. Y el Señor nos ordena: “Sea vuestra palabra siempre con gracia”, “para que dé gracia a los oyentes” (La voz: su educación y uso correcto, pp. 144-147).
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