Miércoles 2 de abril: Las leyes rabínicas
A la mesa de los publícanos [Jesús] se sentaba como distinguido huésped, demostrando por su simpatía y la bondad de su trato social que reconocía la dignidad humana; y anhelaban hacerse dignos de su confianza los hombres en cuyos sedientos corazones caían sus palabras con poder bendito y vivificador.
Despertábanse nuevos impulsos, y a estos parias de la sociedad se les abría la posibilidad de una vida nueva.
Aunque judío, Jesús trataba libremente con los samaritanos, y despreciando las costumbres y los prejuicios farisaicos de su nación, aceptaba la hospitalidad de aquel pueblo despreciado.
Dormía bajo sus techos, comía en su mesa, compartiendo los manjares preparados y servidos por sus manos, enseñaba en sus calles, y los trataba con la mayor bondad y cortesía. Y al par que se ganaba sus corazones por su humana simpatía, su gracia divina les llevaba la salvación que los judíos rechazaban (El ministerio de curación, p. 16,17).
Todo lo que Dios ordena tiene importancia. Cristo reconoció que el pago del diezmo es un deber; pero demostró que no podía disculpar la negligencia de otros deberes. Los fariseos eran muy exactos en diezmar las hierbas del jardín como la menta, el anís y el comino; esto les costaba poco, y les daba reputación de meticulosos y santos. Al mismo tiempo, sus restricciones inútiles oprimían a la gente y destruían el respeto por el sistema sagrado ideado por Dios mismo. Ocupaban la mente de los hombres con distinciones triviales y apartaban su atención de las verdades esenciales. Los asuntos más graves de la Ley: la justicia, la misericordia y la verdad, eran descuidados. “Esto, dijo Cristo, era menester hacer, y no dejar lo otro”.
Otras leyes habían sido pervertidas igualmente por los rabinos. En las instrucciones dadas por medio de Moisés, se prohibía comer cosa inmunda. El consumo de carne de cerdo y de ciertos otros animales estaba prohibido, porque podían llenar la sangre de impurezas y acortar la vida. Pero los fariseos no dejaban estas restricciones como Dios las había dado. Iban a extremos injustificados. Entre otras cosas, exigían a la gente que colase toda el agua que bebiese, por si acaso contuviese el menor insecto capaz de ser clasificado entre los animales inmundos.
Jesús, contrastando estas exigencias triviales con la magnitud de sus pecados reales, dijo a los fariseos: “¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, mas tragáis el camello!” (El Deseado de todas las gentes, p. 569).

Delante de nosotros hay tiempos que probarán el alma de los hombres, y habrá necesidad de velar, de [practicar] la correcta clase de ayuno. Éste no será como el ayuno de los fariseos. Sus ayunos consistían en ceremonias externas. No humillaban el corazón ante Dios. Estaban llenos de amargura, envidia, malicia, contienda, egoísmo y justicia propia. Inclinaban la cabeza simulando humildad, pero eran codiciosos, llenos de estima y de importancia propias. En espíritu eran opresores, exigentes y orgullosos.
Todo el servicio judío había sido mal interpretado y mal aplicado. Se había pervertido el propósito de los sacrificios. Eran un símbolo de Cristo y de su misión, para que cuando viniera en la carne, el mundo pudiera reconocer a Dios en él y lo aceptara como su Redentor. Pero la falta de un verdadero servicio de corazón había hecho que los judíos fueran ciegos al conocimiento de Dios. Su religión se componía de exigencias, ceremonias y tradiciones (Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 1062). www.EscuelaSabatica.es

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