Miércoles 20 de agosto: Un gran obstáculo para la unidad
Comunicar la Palabra de Dios con fidelidad es una obra de la mayor importancia. Pero esta obra es totalmente diferente de la de censurar, pensar el mal y distanciar las relaciones. Juzgar y reprobar son dos cosas diferentes. Dios colocó sobre sus siervos la obra de reprobar con amor a los que yerran, pero prohíbe y denuncia el juicio apresurado, tan común entre los profesos creyentes en la verdad…
Los que están trabajando para Dios debieran dejar a un lado toda crítica despiadada, y acercarse para estar unidos. Necesitan estudiar las enseñanzas del Señor acerca de esto. Cristo desea que sus soldados permanezcan hombro a hombro, unidos en la obra de pelear las batallas de la cruz. Desea que la unión entre los que trabajan para él sea tan estrecha como la unión que existe entre él y su Padre. Los que sientan el poder santificador del Espíritu Santo prestarán oído a las lecciones del Instructor divino, y mostrarán su sinceridad haciendo todo lo que esté en sus manos para trabajar en armonía con sus hermanos (Alza tus ojos, p. 364).
La práctica de juzgar a otros es común -casi universal- aun entre los que dicen ser cristianos. Los que creen tener un juicio superior critican los motivos de otros. Sin embargo, a la luz de las enseñanzas de Cristo, es un asunto muy serio juzgar a otros. De acuerdo al apóstol Santiago, la sabiduría de los que buscan manchas en el carácter de los demás “no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica” (Santiago 3:15).
Cuando alguien da ocasión para ser juzgado desfavorablemente, debe atenerse a las consecuencias, porque “todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7). Pero no es la responsabilidad de nadie juzgarlo, puesto que no podemos leer el corazón. Los seres humanos están inclinados a juzgar por las apariencias, y al hacerlo pueden cometer graves errores. Más que eso, ellos también son imperfectos y no están calificados para juzgar a otros. El Salvador dice: “¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” (Mateo 7:3). A menudo el que critica tratando de corregir a otros, no se da cuenta que tiene faltas aún más serias que las de aquel a quien condena, y sus esfuerzos por corregirlo hacen más mal que bien (Signs of the Times, 14 de marzo, 1892).
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