Notas de Elena | Miércoles 20 de mayo 2015 | Oportunidades perdidas | Escuela Sabática


 Miércoles 20 de mayo: Oportunidades perdidas

En la parábola del hombre rico y Lázaro, Cristo muestra que los hombres deciden su destino eterno en esta vida. La gracia de Dios se ofrece a cada alma durante este tiempo de prueba. Pero si los hombres malgastan sus oportunidades en la complacencia propia, pierden la vida eterna. No se les concederá ningún tiempo de gracia complementario. Por su propia elección han constituido una gran sima entre ellos y su Dios (Palabras de vida del gran Maestro, p. 205).

Hay muchos hoy día que están siguiendo la misma conducta. Aunque son miembros de la iglesia, no están convertidos… No son más justos a la vista de Dios que los más señalados pecadores. El alma que suspira por la excitación de los placeres mundanos, la mente que ama la ostentación, no puede servir a Dios. Como el rico de la parábola, una persona tal no siente inclinación a luchar contra los deseos de la carne. Se deleita en la complacencia del apetito. El escoge la atmósfera del pecado. Es de repente arrebatado por la muerte, y desciende al sepulcro con el carácter que ha formado durante su vida de compañerismo con los agentes satánicos. En el sepulcro no tiene poder de escoger nada, sea bueno o malo; porque el día en que el hombre muere, perecen sus pensamientos.

Cuando la voz de Dios despierte a los muertos, él saldrá del sepulcro con los mismos apetitos y pasiones, los mismos gustos y aversiones que poseía en la vida. Dios no hará ningún milagro por regenerar al hombre que no quiso ser regenerado cuando se le concedió toda oportunidad y se le proveyó toda felicidad para ello. Mientras vivía no halló deleite en Dios, ni halló placer a su servicio. Su carácter no se halla en armonía con Dios y no podrá ser feliz en la familia celestial…

Aprender de Dios significa recibir su gracia, la cual es su carácter. Pero aquellos que no aprecian ni aprovechan las preciosas oportunidades y las sagradas influencias que le son concedidas en la tierra, no están capacitados para tomar parte en la devoción pura del cielo. Su carácter no está moldeado de acuerdo con la similitud divina. Por su propia negligencia han formado un abismo que nada puede salvar. Entre ellos y la justicia se ha formado una gran sima (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 213-215).

La salvación no consiste en ser bautizados, ni en tener nuestros nombres registrados en los libros de la iglesia, ni en predicar la verdad, sino que consiste en una unión viviente con Jesucristo, en ser renovados en el corazón, en hacer las obras de Cristo con fe y en trabajar con amor, paciencia, humildad y esperanza. Cada persona que está unida con Cristo llegará a ser un misionero viviente para todos los que viven a su alrededor (Mensajes selectos, t. 2, p. 438).

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