Miércoles 21 de mayo: Cumplir la Ley de Cristo (Gálatas 6:2)
Dios ha ordenado las cosas de tal manera que nadie es completamente independiente de los demás. Ha vinculado a los miembros de la familia humana por lazos de reciprocidad dependiente. Y aunque cada persona tiene que llevar sus propias cargas, nadie debe olvidar las palabras: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la Ley de Cristo” (Gálatas 6:2).
Al tratar con los demás debemos poner constantemente en práctica el principio de la paciencia, la tolerancia y la simpatía, siendo corteses y considerados con todos. Los pobres deben ser ayudados, los enfermos visitados, los tristes y enlutados consolados, los que no saben como actuar aconsejados y los descorazonados animados. Al dar una mano a otros, nos ayudamos a nosotros mismos. Ese espíritu de colaborar con los demás debe ser cultivado y mantenerse activo, no por obligación, sino por el deseo de aprovechar cualquier oportunidad que tengamos de ayudar a los que necesitan nuestra ayuda.
La humanidad es una pobre combinación de caracteres opuestos. Los seres humanos son naturalmente centrados en sí mismos y obstinados. Pero el egoísmo desaparece de las vidas de aquellos que aprenden las lecciones que Cristo desea enseñarles.
Al ser participantes de la naturaleza divina y permitir que Cristo viva en ellos, llegan a considerar a todos los seres humanos como sus hermanos, con las mismas aspiraciones, capacidades, tentaciones y pruebas, todos ellos buscando simpatía y ayuda…
El juicio y la crítica no forma parte de las opiniones de aquellos que saben que ellos mismos cometen errores. Recordemos que no podemos leer los corazones ni saber los motivos que llevaron a cierta acción; por lo tanto no debiéramos desacreditar o despreciar a otros por sus acciones, sino mas bien ofrecerles una fuerte mano ayudadora para que puedan levantarse.
Puede llegar el momento en que las manos que hemos ayudado, nos ayuden a nosotros mismos a levantarnos (Signs ofthe Times, 11 de mayo de 1904).
El poder sanador de Dios se hace sentir en toda la naturaleza.
Si se corta un árbol, si un ser humano se lastima o se rompe un hueso, la naturaleza empieza inmediatamente a reparar el daño. Aun antes que exista la necesidad, están listos los elementos sanadores, y tan pronto como se lastima una parte, todas las energías se dedican a la obra de restauración. Lo mismo ocurre en el reino espiritual. Antes que el pecado creara la necesidad, Dios había provisto el remedio. Toda alma que cede a la tentación es herida por el adversario, pero dondequiera que haya pecado está el Salvador. Es obra de Cristo “sanar a los quebrantados de corazón… pregonar libertad a los cautivos… poner en libertad a los oprimidos”.
Nosotros debemos cooperar en esta obra. “Si alguno fuere sorprendido en alguna falta… restauradle”. La palabra aquí traducida por “restaurar” significa juntar, como si se tratara de un hueso dislocado. ¡Qué figura sugestiva! El que incurre en el error o el pecado llega a desarmonizar con todo lo que lo rodea. Puede percatarse de su error, llenarse de remordimiento, pero no puede restablecerse. Se encuentra confuso, perplejo, vencido, impotente.
Necesita ser ganado de nuevo, sanado, rehabilitado.
“Vosotros que sois espirituales, restauradle”. Solamente el amor que fluye del corazón de Cristo puede sanar. Solo aquel en quien fluye ese amor, como la savia en el árbol, o la sangre en el cuerpo, puede restaurar al alma herida (La educación, p. 113,114).

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