Miércoles 23 de julio: Libres del pecado
Cristo ha prometido enviarnos el Consolador, cuya obra es establecer el reino de Dios en el alma. Si se han hecho abundantes provisiones de misericordia, gracia y paz, ¿por qué los seres humanos actúan como si consideraran la verdad como un yugo de esclavitud? Es porque el corazón no ha probado ni visto cuán bueno es el Señor. Algunos piensan que la verdad de la Palabra de Dios es una cadena. Pero es la verdad la que libera a los hombres.
Por consiguiente, si la verdad nos hace libres, somos realmente libres. La verdad aparta al hombre de sus pecados, de sus tendencias heredadas y cultivadas hacia el mal. El alma que aprecia el amor de Cristo es colmada de libertad, luz y gozo. En un alma así no hay pensamientos divididos. El ser entero anhela a Dios. No va tras los hombres para conocer su deber sino a Cristo, la fuente de toda sabiduría. Busca la Palabra de Dios para encontrar las normas que debe alcanzar.
¿Podremos encontrar alguna vez algún guía más seguro que Jesús? La verdadera religión consiste en estar bajo la conducción del Santo en pensamiento, palabra y obra. Él, que es el camino, la verdad y la vida, toma al buscador humilde, ferviente, completamente entregado, y le dice: “Sígueme”. Lo conduce por el estrecho sendero hacia la santidad y el cielo. Cristo abrió este sendero para nosotros a gran costo para sí mismo, y no somos abandonados en nuestros caminos oscuros para que tropecemos. Jesús está a nuestra diestra, proclamando: Yo soy el camino; y todos los que decidan seguir al Señor serán guiados en el sendero real preparado para que los rescatados del Señor caminen por él (Reflejemos a Jesús, p. 106).
El Señor Dios, mediante Cristo, extiende su mano durante todo el día invitando al necesitado. Recibirá a todos. Da a todos la bienvenida. No rechaza a ninguno. Su gloria es perdonar al más empedernido de los pecadores. Quitará la presa al valiente y librará a los cautivos; arrebatará el tizón del fuego. Hará descender la cadena dorada de su misericordia a las mayores profundidades de la desdicha humana y de la culpa, y levantará al alma envelecida contaminada por el pecado. Pero el ser humano debe querer aproximarse y colaborar en la obra de salvar su alma, utilizando las oportunidades que Dios le dio. El Señor no fuerza a ninguno. El inmaculado vestido de bodas de la justicia de Cristo está preparado para cubrir al pecador, pero si lo rehúsa, debe perecer.
El registro del pasado puede borrarse con la sangre de Cristo, y la página puede quedar limpia y blanca “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18).
Las palabras pronunciadas por Jesús: “Tus pecados te son perdonados” (S. Mateo 9:2), tienen un inmenso valor para nosotros.
Él dijo: He llevado tus pecados en mi propio cuerpo en la cruz del Calvario. Él ve nuestras aflicciones. Su mano se posa sobre la cabeza de cada alma contrita, y Jesús se convierte en nuestro Abogado delante del Padre, y nuestro Salvador. El corazón humillado y contrito recibirá una gran bendición con el perdón (A fin de conocerle, p. 237).
Podemos reclamar para nosotros la bendita seguridad: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados” (Isaías 44:22). “Sus muchos pecados le son perdonados” (S. Lucas 7:47). Cuán preciosa y refrigerante es la luz del amor de Dios. El pecador puede contemplar su vida manchada por el pecado, y decir: “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió” (Romanos 8:34). “Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20). Cristo, el Restaurador, planta un nuevo principio de vida en el alma, y esa planta crece y produce fruto. La gracia de Cristo purifica mientras perdona, y prepara a los hombres para un cielo santo. Debemos crecer en gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, hasta que alcancemos plenamente la estatura de hombres y mujeres en Cristo (A fin de conocerle, p. 338).

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