Notas de Elena | Miércoles 24 de agosto 2016 | Dorcas en Jope | Escuela Sabática


Miércoles 24 de agosto: Dorcas en Jope
En Jope había una [mujer llamada] Dorcas, cuyos hábiles dedos eran más activos que su lengua. Sabía quiénes necesitaban vestimenta adecuada y quiénes necesitaban simpatía, y atendía liberalmente las necesidades de ambas clases. Y cuando murió Dorcas, la iglesia de Jope se dio cuenta de su pérdida. No es de admirarse que gimieran y se lamentaran, ni de que cálidas lágrimas cayeran sobre la arcilla inanimada. Ella era de tan gran valor que, mediante el poder de Dios, fue rescatada del terreno del enemigo para que su habilidad y energía pudieran ser todavía una bendición para otros.
Es rara una fidelidad tal, llena de oración y paciencia perseverante, como la que poseyeron esos santos de Dios. Sin embargo, la iglesia no puede prosperar sin ella (El ministerio de la bondad, p. 148).
Cristo había mandado a los primeros discípulos que se amasen unos a otros como él los había amado. Así debían testificar al mundo que Cristo, la esperanza de gloria, se había desarrollado en ellos. “Un mandamiento nuevo os doy —había dicho—: Que os améis unos a otros: como os he amado, que también os améis los unos a los otros” (S. Juan 13:34). Cuando se dijeron esas palabras, los discípulos no las pudieron entender; pero después de presenciar los sufrimientos de Cristo, después de su crucifixión, resurrección y ascensión al ciclo, y después que el Espíritu Santo descendió sobre ellos en Pentecostés, tuvieron un claro concepto del amor de Dios y de la naturaleza del amor que debían tener el uno con el otro. Entonces Juan pudo decir a sus condiscípulos: “En esto hemos conocido el amor, porque él puso su vida por nosotros: también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos”.
Después que descendió el Espíritu Santo, cuando los discípulos salieron a proclamar al Salvador viviente, su único deseo era la salvación de las almas. Se regocijaban en la dulzura de la comunión con los santos. Eran compasivos, considerados, abnegados, dispuestos a hacer cualquier sacrificio por la causa de la verdad. En su asociación diaria, revelaban el amor que Cristo les había enseñado. Por medio de palabras y hechos desinteresados, se esforzaban por despertar ese sentimiento en otros corazones.
Los creyentes habían de cultivar siempre un amor tal. Tenían que ir adelante en voluntaria obediencia al nuevo mandamiento. Tan estrechamente debían estar unidos con Cristo que pudieran sentirse capacitados para cumplir todos sus requerimientos. Sus vidas magnificarían el poder del Salvador, quien podía justificarlos por su justicia (Los hechos de los apóstoles, pp. 436, 437).
Uno de los últimos mandamientos que Cristo diera a sus discípulos fue: “Que os améis los unos a los otros: como os he amado”. ¿Estamos obedeciendo este mandato, o estamos condescendiendo con rasgos de carácter hirientes y no cristianos? Si de alguna forma hemos agraviado o herido a otros, es nuestro deber confesar nuestra falta y buscar la reconciliación. Esta es una condición esencial para que podamos presentamos a Dios con fe y pedir su bendición (Palabras de vida del gran Maestro, p. 110).
Notas de Elena G. de White para la Escuela Sabática | Lección 9 | Jesús las ministraba en sus necesidades | El papel de la iglesia en la comunidad | Tercer trimestre 2016

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