Miércoles 24 de julio:
Una fe que testifica es una fe creciente
¿No debieran quienes recibieron la luz de la verdad para este tiempo colocarse en estrecha conexión con Dios, usando sus capacidades para hacer avanzar la obra de salvar almas? ¿No debiera quien comprende las Escrituras, impartir el conocimiento que le fue dado, a los que no conocen la verdad?
Sobre cada creyente en la verdad presente descansa la responsabilidad de trabajar por los pecadores. Dios les señala su obra especial: proclamar el mensaje del tercer ángel. Deben mostrar su aprecio por el gran Don de Dios, consagrándose a la obra por la cual Cristo dio su vida. Deben ser mayordomos de la gracia de Dios, ministrando a otros las bendiciones que les fueron otorgadas.
Quién ha encontrado consuelo en la Palabra de Dios debe compartirlo con otros. Solamente así podrá continuar recibiendo consuelo (Alza tus ojos, p. 377).
Nuestra vida no debe consistir toda en agitación, acción de fomento y planeo de las cosas del mundo, con descuido de la piedad personal y el servicio que Dios exige. Al par que no debemos ser perezosos en los negocios, hemos de ser fervientes en espíritu, sirviendo al Señor. La lámpara del alma debe ser acondicionada y debemos tener el aceite de la gracia en los recipientes de nuestras lámparas. Debe usarse de toda precaución para prevenir la decadencia espiritual, no sea que el día del Señor nos sobrecoja como ladrón (Servicio cristiano, p. 108).
Con el llamamiento de Juan, Andrés, Simón, Felipe y Natanael, empezó la fundación de la iglesia cristiana. Juan dirigió a dos de sus discípulos a Cristo. Entonces uno de éstos, Andrés, halló a su hermano, y lo llevó al Salvador. Luego Felipe fue llamado, y buscó a Natanael. Estos ejemplos deben enseñamos la importancia del esfuerzo personal, de dirigir llamamientos directos a nuestros parientes, amigos y vecinos. Hay quienes durante toda la vida han profesado conocer a Cristo, y sin embargo, no han hecho nunca un esfuerzo personal para traer siquiera un alma al Salvador. Dejan todo el trabajo al predicador. Tal vez él esté bien preparado para su vocación, pero no puede hacer lo que Dios ha dejado para los miembros de la iglesia.
Son muchos los que necesitan el ministerio de corazones cristianos amantes. Muchos han descendido a la ruina cuando podrían haber sido salvados, si sus vecinos, hombres y mujeres comunes, hubiesen hecho algún esfuerzo personal en su favor. Muchos están aguardando a que se les hable personalmente. En la familia misma, en el vecindario, en el pueblo en que vivimos, hay para nosotros trabajo que debemos hacer como misioneros de Cristo. Si somos creyentes, esta obra será nuestro deleite. Apenas se ha convertido uno cuando nace en él el deseo de dar a conocer a otros cuán precioso amigo ha hallado en Je-sús. La verdad salvadora y santificadora no puede quedar encerrada en su corazón (El Deseado de todas las gentes, pp. 114, 115).

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