Notas de Elena | Miércoles 25 de enero 2017 | El Espíritu de verdad | Escuela Sabática


Miércoles 25 de enero:
El Espíritu de verdad
El Salvador sabía que ningún argumento, por lógico que fuera, podría ablandar los duros corazones, o traspasar la costra de la mundanalidad y el egoísmo. Sabía que los discípulos habrían de recibir la dotación celestial; que el evangelio sería eficaz solo en la medida en que fuera proclamado por corazones encendidos y labios hechos elocuentes por el conocimiento vivo de Aquel que es el camino, la verdad y la vida. La obra encomendada a los discípulos requeriría gran eficiencia; porque la corriente del mal que fluía contra ellos era profunda y fuerte. Estaba al frente de las fuerzas de las tinieblas un caudillo vigilante y resuelto, y los seguidores de Cristo podrían batallar por el bien solo mediante la ayuda que Dios, por su Espíritu, les diera (Los hechos de los apóstoles, p. 25). Ser santificado es participar de la naturaleza divina, captando el espíritu y la mente de Cristo, aprendiendo siempre en la escuela de Cristo. “Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria… como por el Espíritu del Señor”.
Es imposible para cualquiera de nosotros producir este cambio por nosotros mismos. Es el Espíritu Santo, el Consolador, que Jesús dijo que enviaría al mundo, quien cambia nuestro carácter a la semejanza de Cristo; y cuando esto se ha realizado, reflejamos como en un espejo la gloria del Señor. Esto es, el carácter de quien mira así a Cristo es tan parecido al de él, que quien lo mira ve el carácter de Cristo como en un espejo. Aunque no lo notemos, cada día nuestros caminos y nuestra voluntad se transforman en los caminos y la voluntad de Cristo, en la hermosura de su carácter. Así crecemos en Cristo, e inconscientemente reflejamos su imagen. Los profesos cristianos se mantienen demasiado cerca de los pantanos de esta tierra. Sus ojos solo están adiestrados para ver las cosas comunes, y sus mentes se detienen solo en las cosas que sus ojos ven. Su experiencia religiosa es a menudo superficial e insatisfactoria, y sus palabras son frívolas y sin valor. ¿Cómo pueden los tales reflejar a Cristo? ¿Cómo pueden irradiar los brillantes rayos del Sol de justicia a todos los rincones oscuros de la tierra? Ser cristiano es ser semejante a Cristo (Reflejemos a Jesús, p. 12).
El Espíritu Santo acompaña al investigador fervoroso. Su inspiración fulgura sobre la Palabra, estampa la verdad sobre la mente y le da una importancia renovada y actual. El investigador se siente invadido por una sensación de paz y de gozo que nunca había experimentado. Comprende como nunca antes el inmenso valor de la verdad. Una nueva luz celestial brilla sobre la Palabra, y la ilumina como si cada letra estuviera matizada con oro. Dios mismo ha hablado a la mente y el corazón, y ha hecho que la Palabra sea espíritu y vida. Cada verdadero investigador de la Palabra eleva a Dios su corazón e implora la ayuda del Espíritu (Mensajes selectos, t. 2, pp. 44, 45).

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