Miércoles 25 de febrero
Lo que ponemos en nuestra boca

Le ruego que vea este asunto tal como es realmente. Cuando usted se una con aquellos que desprecian a Dios para beber cerveza, vino o bebidas más fuertes, imagine que Jesús está frente a usted padeciendo de hambre intensa para poder deshacer el poder de Satanás y hacer posible que el hombre venza mediante él. Cuando esté usted levantan¬do en alto el vaso de cerveza espumante en compañía de los infieles que rechazan la verdad y rehusan la salvación, recuerde que Jesús está allí, el mismo Jesús que usted dice que es su Salvador, en quien está centrada su esperanza de vida eterna. ¡Oh, cómo puede, cómo puede usted ser tan débil en su percepción moral que no ve la influencia que ejerce todo esto sobre usted y sobre los demás! ¡No cumple su cometido más solemne, y luego se queja de que lo persiguen! (Testimonios para la iglesia; t. 5, p. 481).
… Hay que mantener una conexión viva con el cielo, buscando tan a menudo como lo hacía Daniel -tres veces al día- la gracia divina para resistir al apetito y la pasión. Luchar contra el apetito y la pasión sin la ayuda del poder divino será un fracaso; pero haga de Cristo su fortaleza y el lenguaje de su alma será: “En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”. Dijo el apóstol Pablo: “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”.
Que ninguno crea que puede vencer sin la ayuda de Dios. Usted debe tener la energía, la fortaleza y el poder de una vida desarrollada en su interior. Entonces llevará fruto para santidad y aborrecerá el vicio intensamente. Usted necesita ejercer un constante esfuerzo para sepa¬rarse de la mundanalidad, de la conversación barata, de todo lo sensual y elevarse a la nobleza del alma y a un carácter puro y sin mancha. Su nombre puede guardarse tan puro que llegue a estar desligado de cual¬quier cosa deshonesta o injusta, que se le respete por todo lo bueno y lo puro, de tal forma que pueda estar inscrito en el libro de la vida del Cordero, para ser inmortalizado entre los santos ángeles (El ministerio médico, p. 188).
Cristo sabía que para poder llevar a cabo con éxito el plan de salva¬ción, debía comenzar la obra de redimir al hombre precisamente donde comenzó la ruina. Adán cayó en el terreno del apetito.
Su primera prueba fue en el mismo punto donde Adán cayera. Mediante la tentación dirigida al apetito Satanás había vencido a gran parte de la raza humana, y su éxito le había hecho pensar que el domi¬nio de este planeta caído estaba en sus manos. Pero en Cristo halló a alguien que podía resistirle, y dejó el campo de batalla como un ene¬migo vencido.
Muchos que profesan ser piadosos no investigan la razón del largo periodo de ayuno y sufrimiento de Cristo en el desierto. Su angustia no se debió tanto a los tormentos del hambre como a su comprensión de los terribles resultados, en la raza humana, de la complacencia del apetito y la pasión. Sabía que el apetito sería el ídolo del hombre y lo induciría a olvidar a Dios y que le estorbaría directamente el camino de su salvación.
Satanás fue derrotado en su intento de vencer a Cristo en el terreno del apetito. Y allí en el desierto Cristo alcanzó una victoria en favor de la raza humana en el terreno del apetito haciendo posible que en su nombre, en toda ocasión futura, el hombre pudiese vencer la fuerza del apetito para su propio provecho.
Nuestra única esperanza de recuperar el Edén es por medio de un firme dominio propio. Si el apetito pervertido tenía un poder tan grande sobre la humanidad, que, a fin de quebrantar su dominio, el divino Hijo de Dios hubo de soportar un ayuno de casi seis semanas en favor del hombre, ¡qué obra está delante del cristiano! Sin embargo, por grande que sea la lucha, éste puede vencer. Con la ayuda del poder divino que soportó las más fieras tentaciones que Satanás pudo inventar, él también puede ser completamente victorioso en su guerra contra el mal, y finalmente podrá llevar la corona de victoria en el reino de Dios (La temperancia, pp. 18, 19).

(123)

DEJA UN COMENTARIO

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*