Miércoles 25 de junio: El reino eterno

No es algo liviano pecar contra Dios: erigir la perversa voluntad del hombre en oposición a la voluntad de su Hacedor. Conviene a los mejores intereses de los hombres, aun en este mundo, obedecer los mandamientos de Dios. Y conviene, por cierto, a su eterno inte-rés someterse a Dios y estar en paz con él… Dios lo hizo un agente moral libre, para obedecer o desobedecer. La recompensa de la vida eterna —un eterno peso de gloria— se promete a los que hacen la voluntad de Dios (Reflejemos a Jesús, p. 87).
Esta tierra es el lugar de preparación para el cielo. El tiempo que pasamos aquí es el invierno del cristiano. Los vientos fríos de la aflicción soplan sobre nosotros, y las olas de los problemas nos arrollan. Pero en un futuro cercano, cuando Cristo venga, las penas y los lamentos habrán desaparecido para siempre. Entonces será el verano del cristiano. Todas las pruebas habrán concluido, y no ha-brá más enfermedad ni muerte. “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4) (Alza tus ojos, p. 309).
En el hogar de los redimidos no habrá más lágrimas, ni cortejos fúnebres, ni manifestaciones de duelo. “No dirá el morador: Estoy enfermo; al pueblo que more en ella le será perdonada la iniquidad” (Isaías 33:24). Una rica corriente de felicidad fluirá y se profundi-zará a medida que transcurra la eternidad…
Consideremos más fervientemente las bendiciones del más allá. Que nuestra fe atraviese todas las nubes de oscuridad y contemple al que murió por los pecados del mundo. Él ha abierto las puertas del paraíso para todos los que lo reciben y creen en él… Permitamos que las aflicciones que tan angustiosamente nos duelen, se convier-tan en lecciones instructivas que nos impulsen a avanzar hacia el premio de nuestra soberana vocación en Cristo. Que seamos alentados por el pensamiento de que el Señor viene pronto. Que esta esperanza alegre nuestros corazones…
Estamos de regreso al hogar. Aquel que nos amó tanto que murió por nosotros, nos ha edificado una ciudad. La nueva Jerusalén es nuestro lugar de descanso. No habrá tristeza en la ciudad de Dios. Jamás se oirán gemidos de dolor, ni endechas por las esperanzas desvanecidas y afectos sepultados. Muy pronto los vestidos de tris-teza se cambiarán por la vestidura de boda. Pronto seremos testigos de la coronación de nuestro Rey. Aquellos cuyas vidas están escon-didas en Cristo, los que en esta tierra han peleado la buena batalla de la fe, brillarán con la gloria del Redentor en el reino de Dios.
No pasará mucho hasta que veamos a Aquel en quien se centran nuestras esperanzas de vida eterna. Y en su presencia, todas las prue¬bas y sufrimientos de esta vida serán como nada… Mirad hacia arriba, mirad hacia arriba, y permitid que vuestra fe aumente conti-nuamente. Que esta fe os guíe a lo largo del estrecho sendero que conduce a través de las puertas de la ciudad de Dios hacia el gran más allá, el futuro de gloria, amplio y sin límites, que es para los redimidos (Dios nos cuida, p. 99).
scuelasabatica.es

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