Notas de Elena | Miércoles 27 de septiembre 2017 | Una nueva creación | Escuela Sabática

Miércoles 27 de septiembre: Una nueva creación
Una simple profesión de piedad no tiene valor. Es cristiano el que permanece en Cristo… A menos que la mente de Dios se convierta en la mente del hombre, será inútil todo esfuerzo para purificarse a sí mismo, pues es imposible elevar al hombre a menos que sea mediante un conocimiento de Dios. Puede haber una cubierta del barniz exterior, y los hombres pueden ser como eran o fariseos, a quienes Cristo describió como “sepulcros blanqueados”, llenos de corrupción y de huesos de cadáveres. Pero todas las deformidades del alma están presentes delante de Aquel que juzga con justicia, y a menos que la verdad sea implantada en el corazón, no puede dominar la vida. La limpieza exterior de la copa nunca podrá hacer que el vaso sea puro por dentro. Una aceptación nominal de la verdad es buena hasta donde pueda llegar, y la capacidad de dar razón de nuestra fe es algo bueno; pero si la verdad no penetra aún más profundamente, el alma nunca será salvada. El corazón debe ser purificado de toda contaminación moral (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 962).
Cuando Pablo recibió el evangelio de Jesucristo, ese evangelio lo convirtió en una nueva criatura. Fue transformado; la verdad plantada en su alma le dio tal fe y coraje como seguidor de Cristo que ninguna oposición pudo moverlo, ningún sufrimiento acobardarlo.
Los hombres pueden elaborar cualquier excusa que les plazca para rechazar la ley de Dios; pero ninguna excusa será aceptada en el día del juicio. Los que contienden con Dios y endurecen sus almas culpables en la transgresión, muy pronto deberán enfrentar al Gran Legislador en relación con su ley quebrantada (Fe y obras, pp. 32, 33).
Debido a la ofrenda hecha en nuestro favor, estamos en situación ventajosa. El pecador, separado por el poder de Cristo de la confederación del pecado, se acerca a la cruz levantada y se postra ante ella. Entonces surge una nueva criatura en Cristo Jesús. El pecador es limpiado y purificado. Se le da un nuevo corazón. La santidad descubre que no tiene nada más que pedir. La obra de la redención implica consecuencias difíciles de concebir para el hombre. Había que impartir a los seres humanos que luchaban por conformarse a la imagen divina un bosquejo de los tesoros celestiales, una excelencia de poder que los pusiera por encima de los ángeles que nunca cayeron. La batalla se había librado, se había ganado la victoria. El conflicto entre el pecado y la justicia exaltó al Señor del cielo, y reafirmó delante de la familia humana salvada, delante de los mundos no caídos, delante de las huestes de malhechores, la santidad, la misericordia, la bondad y la sabiduría de Dios (Hijos e hijas de Dios, p. 245).
A medida que la fe recibe y se asimila así los principios de la verdad, vienen a ser parte del ser y la fuerza motriz de la vida. La Palabra de Dios, recibida en el alma, amolda los pensamientos y entra en el desarrollo del carácter.
Mirando constantemente a Jesús con el ojo de la fe, seremos fortalecidos. Dios hará las revelaciones más preciosas a sus hijos hambrientos y sedientos. Hallarán que Cristo es un Salvador personal. A medida que se alimenten de su Palabra, hallarán que es espíritu y vida. La Palabra destruye la naturaleza terrenal y natural e imparte nueva vida en Cristo Jesús. El Espíritu Santo viene al alma como Consolador. Por el factor transformador de su gracia, la imagen de Dios se reproduce en el discípulo; viene a ser una nueva criatura. El amor reemplaza al odio y el corazón recibe la semejanza divina. Esto es lo que quiere decir vivir de “toda palabra que sale de la boca de Dios”. Esto es comer el Pan que descendió del cielo (El Deseado de todas las gentes, p. 355).

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