Miércoles 4 de marzo: El amigo como enemigo
El apóstol nos amonesta: “El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno. Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros” (Romanos 12:9,10). Pablo desea que distingamos entre el amor puro y altruista, motivado por el espíritu de Cristo, y aquella pretensión vacía y engañosa que el mundo llama amor y en la cual tanto abunda. Esta falsificación baja ha hecho errar a muchas almas. El estar de acuerdo con el transgresor en lugar de mostrarle fielmente sus errores, tiende a anular la distinción entre el bien y el mal. Tal curso de acción nunca se origina en una amistad real. El espíritu que lo promueve habita únicamente en el corazón camal. Aunque el cristiano será siempre bondadoso, compasivo y perdonador, nunca sentirá ninguna clase de armonía con el pecado. Aborrecerá el mal y se aferrará a lo bueno al costo de su relación o amistad con los impíos. El espíritu de Cristo nos inducirá a odiar el pecado, en tanto que estaremos dispuestos a realizar cualquier sacrificio para salvar al pecador (Exaltad a Jesús, p. 307).
Obedeciendo la orden del Señor, Elías se presentó ante el rey. Pero cuando Acab vio a Elías, le dijo: “¿Eres tú el que turbas a Israel?” Quería echarle la culpa de los juicios que caían en la tierra. Así ocurre también hoy cuando se presenta la verdad. Un hijo, una hija, un padre, una madre pueden escuchar el mensaje de misericordia, pero los otros miembros de la familia rehúsan caminar en la luz. Se produce la división, y los que no aceptan la verdad, culpan a los creyentes de haber destruido la armonía familiar, y odian al que ha traído el mensaje de verdad. La fiel presentación del mensaje de la verdad siempre causa división, y el mensajero será considerado culpable de ella (Review and Herald, octubre 22, 1901).
Puede ser que las cosas vayan mal para cada uno, que la tristeza y el desánimo puedan oprimir a cada alma; entonces la presencia personal, un amigo que anhela consolar e impartir valor, rechazará los dardos del enemigo lanzados para destruir. No hay la mitad de los amigos cristianos que debiera haber en las horas de tentación; en una crisis, ¡qué valioso es un verdadero amigo! En ocasiones como ésa, Satanás envía sus emisarios para hacer que tropiecen los miembros vacilantes; pero los verdaderos amigos que aconsejarán, que impartirán una esperanza reanimadora, la fe tranquilizante que eleva el alma, ¡oh, una ayuda tal vale más que perlas preciosas! (Comentario bíblico adventista, t. 3, pp. 1182, 1183).
La simpatía es buena, si se la imparte con sabiduría, pero debe dársela juiciosamente, con el conocimiento de que el objeto de ella la merece… “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene. Como zarcillo de oro y joyel de oro fino, es el que reprende al sabio que tiene oído dócil”… El oído obediente recibirá la reprensión con un espíritu susceptible de recibir enseñanza. Solo entonces nuestra relación con los demás resultará beneficiosa, y cumplirá el propósito que Dios desea que lleve a cabo. Cuando se cumplen ambos aspectos de la instrucción divina, el sabio reprensor cumple su deber, y el oído obediente escucha con un propósito definido y resulta beneficiado (Hijos e hijas de Dios, p. 168).
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