Notas de Elena | Miércoles 4 de octubre 2017 | Los “santos” de Roma | Escuela Sabática

Miércoles 4 de octubre:
LOS ” SANTOS ” DE ROMA
Nuestra santificación es el objetivo de Dios en todo su trato con nosotros. Él nos ha escogido desde la eternidad para que fuéramos santos. Cristo se dio a si mismo por nuestra redención, para que por nuestra fe en su poder para salvar del pecado pudiéramos ser completos en el…
¿Por qué no nos espaciamos más en esto? ¿Por qué no nos esforzamos para que esto se entienda fácilmente, cuando ello significa tanto? ¿Por qué los cristianos no abren sus ojos para ver la obra que Dios requiere que hagan? La santificación es una obra progresiva, de toda la vida. El Señor declara: “La voluntad de Dios es vuestra santificación”. 1 Tesalonicenses 4:3. ¿Tenéis el anhelo de que vuestros deseos e inclinaciones sean traídos en conformidad con la voluntad divina?
Como cristianos nos hemos comprometido a realizar y cumplir nuestras responsabilidades, y a mostrar al mundo que tenemos una estrecha relación con Dios. De esta manera Cristo ha de ser representado por las palabras y las obras piadosas de sus discípulos (Mensajes selectos, t. 3, p. 230).
Dios no lleva al cielo sino a aquellos que primero se santifican en este mundo por medio de la gracia de Cristo, o sea, aquellos en quienes puede ver a Cristo personificado. Cuando el amor de Jesús sea un principio que mora en el alma, comprenderemos que estamos escondidos con Cristo en Dios…
Dios se regocija solamente en los que, por medio de la oración, el amor y la constante vigilancia obran las obras de Cristo. Cuanto más nítidamente ve el Señor que se refleja el carácter de su Hijo en su pueblo, tanto mayor es su satisfacción y deleite. Dios mismo y los ángeles celestiales se regocijan grandemente en ellos. El pecador que cree es declarado inocente, y se transfiere la condenación a Cristo. La justicia de Cristo se entra en la cuenta del deudor, y en la hoja del balance, junto a su nombre, se escribe lo siguiente: Perdonado. Vida eterna… (Mi vida hoy, p. 281).
La carrera no es del veloz, ni la batalla del fuerte. El santo más débil, tanto como el más fuerte, puede llevar la corona de gloria inmortal. Puede ganarla todo el que, por el poder de la gracia divina, pone su vida en conformidad con la voluntad de Cristo. Demasiado a menudo se considera como asunto sin importancia, demasiado trivial para exigir la atención, la práctica en los detalles de la vida, de los principios sentados en la Palabra de Dios. Pero en vista del resultado que está en juego, nada de lo que ayude o estorbe es pequeño. Todo acto pesa en la balanza que determina la victoria o el fracaso de la vida. La recompensa dada a los que venzan estará en proporción con la energía y el fervor con que hayan luchado. (Los hechos de los apóstoles, p. 252).

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