Notas de Elena | Sábado 10 de diciembre | El Redentor de Job | Escuela Sabática


Sábado 10 de diciembre

Jesús vino al mundo no como un ángel de luz. Si hubiese venido así, no hubiéramos podido soportar su gloria. Un ángel en la tumba de Cristo manifestó un brillo tan extraordinario, que los guardias romanos cayeron impotentes al suelo. Cuando el ángel vino del cielo rompió las tinieblas que había en su camino, y los centinelas no pudieron resistir su gloria. Cayeron en tierra como muertos. Si Jesús hubiese venido con la gloria de un ángel, su brillo habría puesto fin a la débil vida de los hombres mortales. Jesús se despojó de su gloria por causa de nosotros; revistió su divinidad con humanidad para poder alcanzar la humanidad, para que su presencia personal pudiera estar entre nosotros, para que pudiéramos saber que él conoce todas nuestras pruebas y simpatiza con nuestros dolores, para que cada hijo e hija de Adán pudiera comprender que Jesús es el amigo de los pecadores. El Señor Jesús hizo un gran sacrificio para encontrarse con el hombre donde éste está. No tomó la naturaleza de los ángeles. No vino para salvar a los ángeles. Él está ayudando a la descendencia de Abrahán: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento». Cristo ayuda a la humanidad tomando la naturaleza humana (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 938).

Cuando la palabra escrita de Dios era transmitida por profetas hebreos, Satanás estudiaba con diligencia los mensajes referentes al Mesías. Seguía cuidadosamente las palabras que bosquejaban con inequívoca claridad la obra de Cristo entre los hombres como sacrificio abrumado de sufrimientos y como rey vencedor. En los pergaminos de las Escrituras del Antiguo Testamento leía que Aquel que había de aparecer sería “llevado al matadero” “como cordero” (Isaías 53:7), “desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres” (Isaías 52:14.) El prometido Salvador de la humanidad iba a ser “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3, 4); y sin embargo iba a ejercer también su gran poder para juzgar a “los afligidos del pueblo”. Iba a salvar a “los hijos del menesteroso”, y quebrantar “al violento” (Salmo 72:4). Estas profecías hacían temer y temblar a Satanás; mas no renunciaba a su propósito de anular, si le era posible, las medidas misericordiosas de Jehová para redimir a la humanidad perdida. Resolvió cegar los ojos de la gente hasta donde pudiera, para que no viera el significado real de las profecías mesiánicas, con el fin de preparar el terreno para que Cristo fuese rechazado cuando viniera (Profetas y reyes, p. 506).
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