Sábado 10 de mayo
Cristo ocupó el lugar de Adán en el desierto de la tentación, para
soportar la prueba en que éste fracasó. Entonces Cristo venció en
lugar del pecador, cuatro mil años después de que Adán dio la
espalda a la luz de su hogar. La familia humana, separada de
la presencia de Dios, se había apartado más y más, generación
tras generación, de la pureza original, de la sabiduría y el conocimiento
que Adán poseía en el Edén. Cristo llevó los pecados y
las debilidades de la raza humana en la condición en que ésta se
encontraba cuando él vino a la tierra para socorrer al hombre. En
favor de la raza humana y con las debilidades del hombre caído
sobre sí, debía resistir las tentaciones de Satanás en todos los
puntos en los cuales sería atacado el hombre… ¡En qué contraste
se halla el segundo Adán cuando entra en el sombrío desierto
para hacer frente a Satanás sin ayuda alguna! La raza humana
había ido disminuyendo en estatura y vigor físico desde la caída,
y hundiéndose más y más en la balanza del valor moral, hasta el
momento en que Cristo vino a la tierra. Y Cristo debía llegar
hasta donde estaba el hombre caído, para levantarlo. Tomó la
naturaleza humana y llevó las debilidades y la degeneración de
la raza. El que no conoció pecado se convirtió en pecado por
nosotros. Se humilló hasta las mayores profundidades de la
miseria humana a fin de poder estar calificado para llegar hasta
el hombre y elevarlo de la degradación en que lo había sumido
el pecado (Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 1057).

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