Notas de Elena | Sábado 11 de marzo 2017 | Entristecer y resistir al Espíritu | Escuela Sabática


Sábado 11 de marzo

Quisiera que todos mis hermanos y hermanas recordasen que es un asunto muy serio contristar al Espíritu Santo, y él es contristado cuando el instrumento humano procura trabajar por sí mismo y rehúsa ponerse al servicio del Señor, porque la cruz es demasiado pesada o la abnegación que debe manifestar es demasiado grande. El Espíritu Santo procura morar en cada alma. Si se le da la bienvenida como un huésped de honor, quienes lo reciban serán hechos completos en Cristo. La buena obra comenzada se terminará; los pensamientos santificados, los afectos celestiales y las acciones como las de Cristo, ocuparán el lugar de los sentimientos impuros, los pensamientos perversos y los actos rebeldes. El Espíritu Santo es un Maestro divino. Si obedecemos sus lecciones, nos haremos sabios para salvación. Pero necesitamos proteger adecuadamente nuestros corazones, porque con demasiada frecuencia olvidamos las instrucciones celestiales que hemos recibido y procuramos seguir las inclinaciones naturales de nuestras mentes no consagradas. Cada uno debe pelear su propia batalla contra el yo. Aceptad las enseñanzas del Espíritu Santo. Si lo hacéis, esas enseñanzas serán repetidas vez tras vez hasta que las impresiones sean tan claras como si hubieran sido “grabadas en la roca para siempre” (Consejos sobre salud, p. 563).
Nunca ha habido un tiempo cuando el pueblo de Dios haya tenido mayor necesidad que ahora de reclamar sus promesas. Que la mano de la fe pase a través de la oscuridad y se aferre del brazo del poder infinito. Mientras nos referimos a la necesidad de separamos del pecado, recordemos que Cristo vino a nuestro mundo a salvar a los pecadores y que “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios”. Hebreos 7:25.
Es privilegio nuestro creer que su sangre puede limpiamos de toda mancha de pecado. No debemos limitar el poder del Santo de Israel. Él quiere que acudamos a él tal como somos, pecadores y contaminados. Su sangre es eficaz. Les ruego que no contristen al Espíritu Santo continuando en pecado. Si caen ante la tentación, no se desanimen. La siguiente promesa resuena a través del tiempo hasta llegar a nosotros: “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. 1 Juan 2:1. Yo siento que de nuestros labios mortales debería ascender un constante himno de acción de gracias por esta promesa. Coleccionemos estas preciosas joyas de promesas, y cuando Satanás nos acuse de nuestra gran pecaminosidad, y nos tiente a dudar del poder de Dios para salvar, repitamos las palabras de Cristo: “El que a mí viene, de ningún modo le echo fuera” (Exaltad a Jesús, p. 335).
¡Cuántas personas hay que contristan al Espíritu de Dios debido a sus quejas continuas! Lo hacen porque han perdido de vista a Cristo. Si contemplamos a Aquel que soportó nuestras tristezas y murió como sacrificio nuestro para que nosotros tuviéramos acceso al excelente peso de gloria, no podremos menos que considerar nuestros sufrimientos y pruebas más pesados como tribulaciones leves. Piensen en el Salvador en la cruz, herido, golpeado, vilipendiado; sin embargo no se quejó ni se resistió, sino que sufrió sin murmurar. Este es el Señor del cielo, cuyo trono existe desde la eternidad. Padeció todo este sufrimiento y vergüenza a cambio del gozo que le había sido ofrecido: el gozo de traer a los seres humanos el regalo de su vida eterna (Exaltad a Jesús, p. 242).

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