Notas de Elena | Sábado 11 de noviembre 2017 | Como vencer el pecado | Escuela Sabática

Sábado 11 de noviembre:
COMO VENCER EL PECADO
Hoy Satanás presenta las mismas tentaciones que presento a Cristo, ofreciéndonos los reinos del mundo a cambio de nuestra sumisión. Pero no tienen poder las tentaciones de Satanás sobre aquel que contempla a Jesús como el Autor y Consumador de su fe. No puede hacer pecar al que acepte por fe las virtudes de Aquel que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
La expulsión del pecado es obra del alma misma. Por cierto, no tenemos poder para librarnos a nosotros mismos del dominio de Satanás; pero cuando deseamos ser libertados del pecado, y en nuestra necesidad clamamos por un poder exterior y superior a nosotros, las facultades del alma quedan dotadas de la fuerza divina del Espíritu Santo y obedecen los dictados de la voluntad, en cumplimiento de la voluntad de Dios.
Dios tendrá un pueblo celoso para las buenas obras, firme en medio de las contaminaciones de esta época de degeneración. Habrá un pueblo cuyos miembros se aferrarán de tal manera a la fuerza divina que podrán resistir a toda tentación (Maranatha, p. 91; parcialmente en Maranata: el Señor viene, pp. 93, 94).
Dios pide a los hombres que se opongan a los poderes del mal. Él dice: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, para que le obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado por instrumentos de iniquidad; antes presentaos a Dios como vivos de los muertos, y vuestros miembros a Dios por instrumentos de justicia”. Romanos 6:12, 13.
En este conflicto de la justicia contra la injusticia, podemos tener éxito únicamente mediante la ayuda divina. Nuestra voluntad finita debe someterse a la voluntad del Infinito; la voluntad humana debe unirse a la voluntad divina. Esto nos proporcionara la ayuda del Espíritu Santo, y cada conquista ayudara a recuperar la posesión adquirida por Dios, a restaurar su imagen en el alma (Nuestra elevada vocación, p. 155).
Nadie recibe la santidad como un derecho al nacer, o como una dadiva de alguien otro ser humano. La santidad es la dadiva de Dios por medio de Cristo. Los que reciben al Salvador, se convierten en hijos de Dios. Son sus hijos espirituales, nacidos de nuevo, renovados en justicia y verdadera santidad. Su mente se ha cambiado. Con visión más clara contemplan las realidades eternas. Son adoptados en la familia de Dios, y se transforman conforme a su imagen; son cambiados por el Espíritu de gloria en gloria. Han cultivado un supremo amor por el yo, pero llegan a albergar un supremo amor por Dios y por Cristo…
Aceptar a Cristo como el Salvador personal y seguir su ejemplo de abnegación este es el secreto de la santidad (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1117).

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