Notas de Elena | Sábado 12 de agosto 2017 | De esclavos a herederos | Escuela Sabática

Sábado 12 de agosto
“Herederos de Dios, y coherederos con Cristo”, ¡qué puesto exaltado y digno! ¡Separados y distintos del mundo, protegidos de las malignas trampas de Satanás! en sus votos bautismales los profesos seguidores de Dios se han comprometido a mantenerse en oposición contra el mal. El enemigo empleará toda clase de astucias para corromper su mente. Tratará de introducir sus métodos en su servicio para el Maestro. Pero habrá seguridad para ellos si escuchan la advertencia: “Confortaos en el Señor, y en la potencia de su fortaleza. Vestios de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo”.
¿A qué otro honor mayor pudiéramos aspirar que a ser llamados hijos de Dios? ¿Qué otro rango mayor pudiéramos tener, qué otra herencia mayor pudiéramos encontrar, que la que reciben los que son herederos de Dios y coherederos con Cristo? (Sons and Daughters of God, p. 15; parcialmente en Hijos e hijas de Dios, p. 17).
¡Qué amor maravilloso el manifestado por Dios, el Dios infinito, al concedemos el privilegio de acercamos a él llamándolo Padre! Ningún padre terrenal podría suplicar más vehementemente a su hijo que yerra, que Aquel que nos creó cuando mega al transgresor. Nunca un interés humano, lleno de amor, ha seguido al impenitente con invitaciones tan tiernas…
Ha empeñado su palabra. Las montañas podrían desaparecer y los collados podrían temblar, pero su amor no se apartará de su pueblo, ni se quebrantará el pacto de su paz. Se oye su voz que dice: “Con amor eterno te he amado” (Jeremías 31:3). “Con misericordia eterna tendré compasión de ti” (Isaías 54:8). Cuán asombroso es este amor, que Dios condescienda a quitar toda causa de duda e incertidumbre del temor y la flaqueza humanos, y tome la mano temblorosa que se levanta hacia él con fe; y nos ayude a confiar mediante renovados motivos de seguridad (A fin de conocerle, pp. 160, 161).
Todo el amor paterno que se haya transmitido de generación a generación por medio de los corazones humanos, todos los manantiales de ternura que se hayan abierto en las almas de los hombres, son tan solo como una gota del ilimitado océano, cuando se comparan con el amor infinito e inagotable de Dios. La lengua no lo puede expresar, la pluma no lo puede describir. Podéis meditar en él cada día de vuestra vida; podéis escudriñar las Escrituras diligentemente a fin de comprenderlo; podéis dedicar toda facultad y capacidad que Dios os ha dado al esfuerzo de comprender el amor y la compasión del Padre celestial; y aún queda su infinidad (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 691).

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