Notas de Elena | Sábado 12 de noviembre 2016 | Sangre inocente | Escuela Sabática


Sábado 12 de noviembre
El filósofo que recorre todo el universo, tratando de descubrir las manifestaciones del poder divino para gozar de su armonía, a menudo no logra contemplar en esas maravillas la Mano que las formó a todas. “Mas el hombre no permanecerá en honra; es semejante a las bestias que perecen” (Salmo 49:12). El futuro de los enemigos de Dios no se ve iluminado por la gloriosa esperanza de la inmortalidad. Pero los héroes de la fe poseen la promesa de una herencia de mayor valor que cualquier riqueza terrenal: una herencia que satisfará los anhelos del alma. Puede ser que el mundo los desconozca y no los tome en cuenta, pero en los libros del cielo están inscritos como ciudadanos. La recompensa final de aquellos a quienes Dios ha hecho herederos de todas las cosas, será una grandeza exaltada, y un inagotable y eterno peso de gloria (Exaltad a Jesús, p. 322).
Cristo siente los males de todo doliente. Cuando los malos espíritus desgarran un cuerpo humano, Cristo siente la maldición. Cuando la fiebre consume la corriente vital, él siente la agonía. Y está tan dispuesto a sanar a los enfermos ahora como cuando estaba personalmente en la tierra. Los siervos de Cristo son sus representantes, los conductos por los cuales ha de obrar. El desea ejercer por ellos su poder curativo.
Cristo es el único que experimentó todas las penas y tentaciones que sobrevienen a los seres humanos. Nunca fue tan fieramente perseguido por la tentación otro ser nacido de mujer; nunca llevó otro una carga tan pesada de los pecados y dolores del mundo. Nunca hubo otro cuya simpatía fuese tan abarcante y tierna. Habiendo participado de todo lo que experimenta la especie humana, no solo podía condolerse de todo aquel que estuviese abrumado y tentado en la lucha, sino que sentía con él (El ministerio de la bondad, p. 28).
La restauración es la esencia misma del evangelio, y el Salvador quiere que sus siervos inviten a los enfermos, a los desesperados y a los afligidos a confiar en su poder. Los siervos de Dios son los conductos de su gracia, y por ellos desea ejercer su poder sanador. Es obra suya presentar a los enfermos y a los que sufren al Salvador en los brazos de la fe. Deben vivir tan cerca de él, y revelar tan claramente en sus vidas el efecto de su verdad, que él pueda emplearlos como medios de bendecir a aquellos que necesitan ayuda corporal al mismo tiempo que curación espiritual.
Es privilegio nuestro orar con los enfermos, para ayudarles a asir la cuerda de la fe. Los ángeles de Dios están muy cerca de aquellos que así ayudan a la humanidad que sufre. El consagrado embajador de Cristo que, cuando los enfermos se dirigen a él, trata de fijar su atención en las realidades divinas, hace una obra que perdurará por toda la eternidad. Y al llevar a los enfermos la consolación de una esperanza adquirida por la fe en Cristo y por la aceptación de promesas divinas, su propia experiencia se vuelve más y más rica en fuerza espiritual (Obreros evangélicos, p. 225).
Escuela Sabática | Lección 8 | Para el 19 de noviembre de 2016 | Sangre Inocente | El libro de Job | Cuarto trimestre 2016 | Guía de Estudio de la Biblia – Maestros – Alumnos | Iglesia Adventista del Séptimo Día

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