Sábado 13 de diciembre

Cristo… nunca estuvo tan embargado por los cuidados de este mundo que no tuviese tiempo o pensamientos para las cosas celestiales. A menudo expresaba su alegría cantando salmos e himnos celestiales. A menudo los moradores de Nazaret oían su voz que se elevaba en alabanza y agradecimiento a Dios. Mantenía comunión con el Cielo mediante el canto; y cuando sus compañeros se quejaban por el cansancio, eran alegrados por la dulce melodía que brotaba de sus labios. Sus alabanzas parecían ahuyentar a los malos ángeles, y como incienso, llenaban el lugar de fragancia. La mente de los que le oían se alejaba del destierro que aquí sufrían para elevarse a la patria celestial (El Deseado de todas las gentes, p. 168).
Nuestra casa de oración podrá ser muy humilde pero no por eso dejará Dios de aceptarla. Si adoramos en espíritu y en verdad en la hermosura de la santidad, ella será para nosotros la puerta misma del cielo. Cuando se repiten las asombrosas lecciones de las obras de Dios y cuando la gratitud del corazón se expresa en oración y canto, los ángeles del cielo se unen a la melodía en alabanza y agradecimiento a Dios. Estas prácticas rechazan el poder de Satanás. Expulsan el descontento y las quejas, y Satanás pierde terreno (En lugares celestiales, p. 288).
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