Notas de Elena | Sábado 14 de enero 2016 | La divinidad del Espíritu Santo | Escuela Sabática


Sábado 14 de enero
Necesitamos comprender que el Espíritu Santo […]. es una persona así como Dios es persona […]. El Espíritu Santo tiene una personalidad, de lo contrario no podría dar testimonio a nuestros espíritus y con nuestros espíritus de que somos hijos de Dios. Debe ser una persona divina, además, porque en caso contrario no podría escudriñar los secretos que están ocultos en la mente de Dios {El evangelismo, p. 447).
“El Espíritu Santo es un agente libre, activo e independiente. El Dios del cielo usa su espíritu como a él le place; y las mentes humanas, el juicio humano y los métodos humanos, no pueden fijar límites a su obra, o señalar un canal por el cual deba obrar, así como no pueden decir al viento: ‘Te prohíbo soplar en tal dirección y comportarte en tal o cual manera.”
Desde el principio Dios ha estado obrando por el Espíritu Santo mediante instrumentos humanos para el cumplimiento de su propósito en favor de la raza caída […]. El mismo poder que sostuvo a los patriarcas, que dio fe y ánimo a Caleb y Josué y que hizo eficaz la obra de la iglesia apostólica, ha sostenido a los fieles hijos de Dios en cada siglo sucesivo […].
El Espíritu Santo es un auxiliador eficaz para restaurar la imagen de Dios en el alma humana (La fe por la cual vivo, p. 54).
El pueblo participaba en extenso grado del mismo espíritu, invadía la esfera de la conciencia, y se juzgaban unos a otros en asuntos que tocaban únicamente al alma y a Dios. Refiriéndose a este espíritu y práctica, dijo Jesús: “No juzguéis, para que no seáis juzgados”. Quería decir: No os consideréis como normas. No hagáis de vuestras opiniones y vuestros conceptos del deber, de vuestras interpretaciones de las Escrituras, un criterio para los demás, ni los condenéis sí no alcanzan a vuestro ideal. No censuréis a los demás; no hagáis suposiciones acerca de sus motivos ni los juzguéis.
“No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones

de los corazones”. No podemos leer el corazón. Por ser imperfectos, no somos competentes para juzgar a otros. A causa de sus limitaciones, el hombre solo puede juzgar por las apariencias. Únicamente a Dios, quien conoce los motivos secretos de los actos y trata a cada uno con amor y compasión, le corresponde decidir el caso de cada alma {El discurso maestro de Jesucristo, p. 105, 106).

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