Notas de Elena | Sábado 17 de marzo 2018 | Los hábitos de un mayordomo | Escuela Sabática

Sábado 17 de marzo
El enemigo no puede vencer al humilde alumno de Cristo, al que ora y anda en presencia del Señor. Cristo se interpone entre ambos como un escudo o refugio para desviar los ataques del mal…
Cristo es la torre de nuestra fortaleza, y Satanás no tiene poder sobre el alma que anda con Dios con humildad de espíritu. Él dijo: “¿O forzará alguien mi fortaleza? Haga conmigo paz, sí haga paz conmigo”. En Cristo, el alma tentada encuentra ayuda perfecta y completa.
Los peligros acechan en todos los senderos, pero todo el universo celestial se mantiene en actitud de alerta para no permitir que nadie sea tentado más de lo que puede soportar. Algunos tienen rasgos muy fuertes de carácter, que tendrán que ser reprimidos constantemente. Si se los mantiene bajo el dominio del Espíritu de Dios, esas características serán una bendición; en caso contrario, resultarán una maldición… Si nos entregamos generosamente a la tarea, sin desviamos en lo más mínimo de los principios, el Señor nos circundará con sus brazos eternos, y se revelará como un poderoso ayudador. Si miramos a Jesús como el Ser en quien podemos confiar, jamás nos abandonará en ninguna situación apremiante (Mi vida hoy, p. 326).
Las palabras de verdad crecerán en importancia, y llegarán a tener una amplitud y una profundidad de significado con la cual nunca hemos soñado. La hermosura y la riqueza de la Palabra tienen una influencia transformadora sobre la mente y el carácter. La luz del amor divino brillará en el corazón como una inspiración.
El aprecio por la Biblia crece a medida que se la estudia. Por cualquier camino que se dirija el estudiante, hallará desplegados la infinita sabiduría y el amor de Dios (Palabras de vida del gran Maestro, p. 102).
Los cristianos que se asocian con compañías mundanas se están perjudicando a sí mismos y están descarriando a otros. Los que temen a Dios no pueden elegir a los irreligiosos como compañeros sin resultar dañados… Son puestos bajo la influencia de principios y costumbres mundanales, y por influencia de la compañía y el hábito, la mente llega a conformarse cada vez más a las normas mundanas. Su amor a Dios se enfría, y no tienen más deseos de estar en comunión con él. Llegan a ser ciegos espirituales. No logran ver ninguna diferencia particular entre el transgresor de la ley de Dios, y los que temen a Dios y guardan sus mandamientos. Llaman a lo malo bueno y bueno a lo malo. El esplendor de las realidades eternas se opaca. La verdad puede serles presentada en forma evidente, pero ellos no sienten hambre por el pan de vida ni sed por las aguas de salvación. Están bebiendo de cisternas rotas que no pueden contener agua. Es muy fácil que mediante la asociación con el mundo se asimile su espíritu y se reciba el molde de sus conceptos, hasta el punto de no discernir la excelencia de Jesús y de la verdad. Y el espíritu del mundo controlará nuestra vida en la medida en que more en nuestro corazón (Mensajes selectos, tomo 2, p. 147).

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