Notas de Elena | Sábado 18 de noviembre 2017 | ¿Quién es el hombre de Romanos 7? | Escuela Sabática

Sábado 18 de noviembre:
¿Quién es el hombre de Romanos 7?
El Señor requiere perfecta obediencia; y si verdaderamente deseamos servirle, no habrá dudas en nuestra mente acerca de si vamos a obedecer sus requerimientos o si vamos a dedicarnos a nuestros intereses temporales…
Jesús murió, no para salvar al hombre en sus pecados, sino de sus pecados. Debemos eliminar el error de nuestros caminos, tomar nuestra cruz y seguir a Cristo, subyugar el yo y obedecer a Dios a cualquier costo…
Muchos han caído en el pecado de sacrificar su religión por causa de las ganancias mundanales, conservando una forma de piedad, pero con la mente puesta por completo en el logro de ventajas temporales.
Pero la ley de Dios debe ser considerada prioridad absoluta, y debe ser obedecida tanto en el espíritu como en la letra. Jesús, nuestro gran ejemplo, nos enseñó la estricta obediencia mediante su vida y su muerte.
Murió, el justo por el injusto, el inocente por el culpable, para preservar el honor de la ley de Dios, y al mismo tiempo impedir que el hombre pereciera totalmente (Cada día con Dios, p. 160).
Era imposible que el pecador guardara la ley de Dios, que era santa, justa y buena; pero esta imposibilidad fue eliminada por la imputación de la justicia de Cristo al alma arrepentida y creyente. La vida y muerte de Cristo en beneficio del hombre pecador tuvieron el propósito de restaurarlo al favor de Dios, impartiéndole la justicia que satisfaría los requerimientos de la ley y hallaría aceptación ante el Padre.
Pero siempre es el propósito de Satanás invalidar la ley de Dios y tergiversar el verdadero significado del plan de salvación. En consecuencia, ha originado la falsedad de que el sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario tenía el propósito de liberar a los hombres de la obligación de guardar los mandamientos de Dios. Ha introducido en el mundo el engaño de que Dios ha abolido su constitución, desechado su norma moral, y anulado su ley santa y perfecta. Si él hubiera hecho esto, ¡que terrible precio habría pagado el Cielo! En vez de proclamar la abolición de la ley, la cruz del Calvario proclama con sonido de trueno su
inmutabilidad y carácter eterno. Si la ley hubiera podido ser abolida, y mantenido el gobierno del cielo y la tierra y los innumerables mundos de Dios, Cristo no habría necesitado morir. La muerte de Cristo iba a resolver para siempre el interrogante acerca de la validez de la ley de Jehová.
Habiendo sufrido la completa penalidad por un mundo culpable, Jesús se constituyó en el Mediador entre Dios y el hombre, a fin de restaurar para el alma penitente el favor de Dios al proporcionarle la gracia de guardar la ley del Altísimo. Cristo no vino a abrogar la ley o los profetas, sino a cumplirlos hasta en la última letra. La expiación del Calvario vindico la ley de Dios como santa, justa y verdadera, no solamente ante el mundo caído sino también ante el cielo y ante los mundos no caídos. Cristo vino a magnificar la ley y engrandecerla (F e y obras, pp. 121, 122).

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