Sábado 20 de julio
A los creyentes de la iglesia apostólica se les dio un precioso legado: debían ser los ejecutores del testamento dejado por Cristo, ofreciendo al mundo su tesoro de vida eterna. Debía predicarse en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados, en todas las naciones, comenzando en Jerusalén. Y ellos fueron fieles a su cometido. Una vez que recibieron el poder de lo alto, salieron resueltos a confesar su fe en un Salvador resucitado, y muchos de los que habían de ser salvos fue-ron añadidos a la iglesia.
Más adelante, cuando los creyentes fueron dispersados por la persecución, salieron llenos de celo misionero. Las últimas palabras del Salvador, comisionándolos a ir a todas las naciones, resonaban constantemente en sus oídos. Comprendían su responsabilidad; sabían que tenían en sus manos el pan de vida para un mundo hambriento, y constreñidos por el amor a Cristo salieron a repartir ese pan a todos los necesitados de él. Doquiera que iban, los enfermos eran sanados y a los pobres se les predicaba el evangelio.

En la comisión dada a los primeros discípulos, los creyentes de to-das las épocas han recibido el mismo cometido. Cada creyente debe ser un ejecutor del testamento del Salvador; debe impartir la sagrada verdad al mundo. En cada generación los fieles de Dios han sido misioneros fervientes que han consagrado todos sus recursos y talentos para honrar su nombre.

Las labores del pueblo de Dios en el pasado son una lección objetiva y una inspiración para los creyentes de la actualidad, quienes de-ben ser celosos en buenas obras, siguiendo en los pasos del humilde Nazareno que siempre andaba haciendo bienes. Dejando de lado la ambición mundana, el egoísmo y el orgullo, buscarán honrar a Dios y avanzar su causa en el mundo. Servirán con simpatía y compasión a los que están en necesidad y aliviarán las cargas de la sufriente humanidad. Esta labor de practicar el evangelio en la vida de los demás y cumplir así la comisión dada por Cristo, traerá grandes recompensas, porque las almas que perecen no pueden resistirse al amor de Cristo (Review and Herald, 24 de marzo, 1910).

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