Notas de Elena | Sábado 21 de enero 2017 | La personalidad del Espíritu Santo | Escuela Sabática


Sábado 21 de enero
Cuando la verdad llega a ser un principio permanente en nuestra vida, el alma renace, “no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre”. Este nuevo nacimiento es el resultado de haber recibido a Cristo como la Palabra de Dios. Cuando las verdades divinas son impresas sobre el corazón por el Espíritu Santo, se despiertan nuevos sentimientos, y las energías hasta entonces latentes son despertadas para cooperar con Dios.
Así sucedía con Pedro y sus condiscípulos. Cristo es el revelador de la verdad al mundo. Por él, la simiente incorruptible—la Palabra de Dios—fue sembrada en el corazón de los hombres. Pero muchas de las más preciosas lecciones del gran Maestro fueron habladas a quienes no las entendían. Cuando, después de su ascensión, el Espíritu Santo trajo sus enseñanzas a la memoria de los discípulos, se despertaron sus sentidos dormidos. El significado de esas verdades iluminó sus mentes como una nueva revelación, y la verdad, pura y sin adulteración, se hizo lugar. Entonces la maravillosa experiencia de la vida de Cristo llegó a ser suya. La Palabra dio testimonio por medio de ellos, los hombres de su elección, y proclamaron la importante verdad: “Y aquel Verbo [Palabra] fue hecho carne, y habitó entre nosotros… lleno de gracia y de verdad”. “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia”. Juan 1:14-16 (Los hechos de los apóstoles, p. 415).
Sé que debe ocasionarle mucho pesar el encontrarse sola para cumplir la Palabra. Pero ¿puedes saber, oh esposa, si tu vida consecuente, de fe y obediencia, no podrá reconquistar a tu esposo para la verdad? Presenta a tus amados hijos a Jesús. Con lenguaje sencillo, dirígeles las palabras de verdad. Cántales himnos agradables y atrayentes, que revelen el amor de Cristo. Lleva a tus hijos a Jesús, porque él ama a los pequeñuelos. Consérvate animosa. No olvides que tienes un Consolador, el Espíritu Santo, a quien Cristo envió. Nunca estás sola.
Si escuchas la voz que te habla ahora, si contestas sin dilación al que llama a la puerta de tu corazón: “Entra, Señor Jesús, para que cene contigo, y tú conmigo,” el Huésped celestial entrará. Habiendo en tu vida este elemento, del todo divino, tendrás paz y descanso (El hogar cristiano, p. 318).
Necesitamos la iluminación del Espíritu Santo para discernir las verdades de la Palabra de Dios. Las cosas hermosas del mundo natural no se ven hasta que el sol, disipando las tinieblas, las inunda con su luz. Así los tesoros de la Palabra de Dios no son apreciados hasta que no sean revelados por los brillantes rayos del Sol de Justicia. El Espíritu Santo, enviado desde los cielos por la benevolencia del amor infinito toma las cosas de Dios y las revela a cada alma que tiene una fe implícita en Cristo. Por su poder, las verdades vitales de las cuales depende la salvación del alma son impresas en la mente, y el camino de la vida es hecho tan claro que nadie necesita errar en él. Mientras estudiamos las Escrituras, debemos orar para que la luz del Espíritu Santo brille sobre la Palabra, a fin de que veamos y apreciemos sus tesoros (Palabras de vida del gran Maestro, p. 84).

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