Notas de Elena | Sábado 23 de abril 2016 | La guerra visible e invisible | Escuela Sabática
Sábado 23 de abril
Las lecciones de Cristo eran de ese carácter para mostrar la importancia relativa del cielo y la tierra. El presenta ante la consideración de la mente que las demandas del cielo son de primera importancia. Las demandas de Dios son supremas. Pide todo el corazón, la mente, la fuerza y el vigor. Él asigna su lugar a las cosas terrenas, y han de subordinarse a los intereses eternos. Las tentaciones de Satanás presentan las cosas terrenas y las hacen absorbentes y atractivas, para que eclipsen a las realidades celestiales y se ponga en primer lugar el apego a este mundo; Cristo vino para romper el encantamiento satánico, para contrarrestar la obra de Satanás, y llevar cautiva la mente, apartándola de las cosas terrenas para fijarla en las celestiales. Solamente él puede romper el encantamiento… Si mantenemos en vista las realidades eternas, formaremos el hábito de cultivar pensamientos de la presencia de Dios. Esto será un escudo contra las incursiones del enemigo. Proporcionará fuerza y seguridad, y elevará el alma por encima del temor. Si respiramos la atmósfera del cielo, dejaremos de respirar el aire viciado del mundo. No permaneceremos en un sótano oscurecido, sino que subiremos a las cámaras superiores donde se abren las ventanas que miran hacia el cielo y reciben los brillantes rayos del Sol de Justicia (Nuestra elevada vocación, p. 287). Cada alma tiene un cielo que ganar y un infierno que evitar. Y los seres angelicales siempre están dispuestos a venir en ayuda del alma probada y tentada. Él, el Hijo del Dios infinito, soportó la prueba y la aflicción en nuestro lugar. Delante de cada alma, se levanta vívidamente la cruz del Calvario. Cuando sean juzgados los casos de todos, ellos [los perdidos] sean entregados para sufrir por haber deseado a Dios, por no haber tomado en cuenta el honor divino y por su desobediencia, nadie tendrá una excusa, nadie necesitará haber perecido. Dependió de su propia elección quién habría de ser su príncipe, Cristo o Satanás. Toda la ayuda que recibió Cristo la puede recibir cada hombre en la gran prueba. La cruz se levanta como una promesa de que nadie necesita perderse, de que se da abundante ayuda para cada alma. Podemos vencer a los mismos agentes satánicos, o podemos unimos con los poderes que procuran contrarrestar la obra de Dios en nuestro mundo (Mensajes selectos, tomo 1, p. 112).
Todo aquel que rehúsa entregarse a Dios está bajo el dominio de otro poder. No es su propio dueño. Puede hablar de libertad, pero está en la más abyecta esclavitud. No le es dado ver la belleza de la verdad, porque su mente está bajo el dominio de Satanás. Mientras se lisonjea de estar siguiendo los dictados de su propio juicio, obedece la voluntad del príncipe de las tinieblas. Cristo vino a romper las cadenas de la esclavitud del pecado para el alma. “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (El Deseado de todas las gentes, p. 431).

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