Notas de Elena | Sábado 29 de julio 2017 | La prioridad de la promesa | Escuela Sabática

Sábado 29 de julio
Nuestra fe tiene que aumentar; si no, no podemos ser renovados conforme a la imagen divina y amar y obedecer los requerimientos de Dios. Nazca de labios sinceros la oración: “Señor, auméntame la fe; dame iluminación divina; porque sin ayuda de tu parte nada puedo hacer”. Venid con humildad y postraos delante de Dios; abrid delante del Señor vuestras Biblias, las cuales contienen las promesas divinas; tomad vuestra posición con respecto a éstas; haced con Dios el pacto de que responderéis a sus requerimientos; decidle que creeréis sin otra evidencia fuera de la desnuda promesa. Esto no es presunción; pero a menos que obréis con celo, a menos que seáis fervientes y estéis decididos, Satanás obtendrá ventajas, y vosotros seréis dejados en la incredulidad y las tinieblas.
Las palabras y promesas de Dios son el único fundamento de nuestra fe. Tomad la palabra de Dios como verdad, como una voz viva que os habla, y obedeced fielmente cada requerimiento. Dios, que ha prometido, es fiel (Consejos sobre la obra de la escuela sabática, p. 79).
Cristo dice: “Separados de mí nada podéis hacer”, y él ha proporcionado el Espíritu Santo como pronto auxilio en todo tiempo de necesidad. Pero muchos tienen una experiencia religiosa débil por-que, en lugar de buscar al Señor para obtener la eficiencia del Espí-ritu Santo, hacen de la carne su brazo. Edúquese al pueblo de Dios a ir al Señor cuando está en problemas y a obtener fortaleza de las promesas que son el sí y el amén para toda alma que confía…
Las promesas de Dios son plenas y abundantes, y no hay necesi-dad de depender de la humanidad para recibir fuerza. Dios está cerca de todos los que le piden que los socorra. Y él es grandemente des-honrado cuando, después de invitamos a poner en él nuestra con-fianza, nos apartamos de él —el Único que no nos interpretará mal, el Único que puede damos consejo infalible—, para dirigimos a hombres que en su debilidad humana están propensos a desviamos (Testimonios para los ministros, p. 381).
Las Escrituras deben recibirse como palabra que Dios nos dirige, palabra no meramente escrita sino hablada. Cuando los afligidos acudían a Cristo, discernía él, no solo a los que pedían ayuda, sino a todos aquellos que en el curso de los siglos acudirían a él con las mismas necesidades y la misma fe…
En [todas las promesas en la Palabra de Dios él] nos habla a cada uno en particular, y de un modo tan directo como si pudiéramos oír su voz. Por medio de estas promesas, Cristo nos comunica su gracia y su poder. Son hojas de aquel árbol que es “para la sanidad de las naciones” (Apocalipsis 22:2). Recibidas y asimiladas, serán la fuerza del carácter, la inspiración y el sostén de la vida. Nada tiene tal virtud curativa. Ninguna otra cosa puede infundimos el valor y la fe que dan vital energía a todo el ser (Ministerio de curación, p. 85).

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