Cristo y la ley de Moisés
Sábado 5 de abril
El Señor no elimina su ley, que es el fundamento de su gobierno en el cielo y en la tierra, para salvar a los pecadores. Dios es un Juez que mantiene su justicia. La transgresión de su ley, en el más mínimo punto, es pecado, y él no deja de lado su ley para perdonar al pecador. La excelencia moral y la justicia de la ley debe ser mantenida y vindicada ante el universo celestial. El precio que se pagó para mantenerla y a la vez poder perdonar al pecador, no fue nada menos que la muerte del Hijo de Dios.
Cristo cargó con el pecado de la humanidad para que el pecador pudiera tener otra oportunidad. “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido” (1 Juan 3:46).
Cuando Cristo dio el Sermón del Monte, los fariseos estaban presentes vigilando cada palabra. El Señor leyó sus corazones; sabía que estaban preparados para resistir la luz. Su prejuicio contra él continuaba creciendo y pensaban en sus corazones que Jesús iba a destruir la ley. Pero mientras su ira se acumulaba dentro de ellos, sus oídos escucharon la respuesta a sus pensamientos:
“No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.
De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos” (S. Mateo 5:17-19) (Review and Herald , 15 de noviembre de 1898).

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