Sábado 6 de julio
¿No sería bueno buscar al Señor como los discípulos lo hicieron antes del día de Pentecostés? Después de la ascención de Cristo, sus discípulos, hombres de variados talentos y capacidad, se reunieron en el aposento alto para orar por el Espíritu Santo. Todos “perseveraban unánimes en oración y ruego”. Se arrepintieron, confesaron sus pecados, y arreglaron todas sus diferencias y dificultades. Estaban unánimes y oraban con un solo propósito. Después de diez días, “fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2: 4) (Manuscript Releases, t. 5, p. 368).
Si mantenemos al Señor constantemente delante de nosotros, permitiendo que nuestros corazones expresen el agradecimiento y la alabanza a él debidos, tendremos una frescura perdurable en nuestra vida religiosa. Nuestras oraciones tomarán la forma de una conversación con Dios, como si habláramos con un amigo. Él nos dirá personalmente sus misterios. A menudo nos vendrá un dulce y gozoso sentimiento de la presencia de Jesús.
A menudo nuestros corazones arderán dentro de nosotros mientras él se acerque para ponerse en comunión con nosotros como lo hizo con Enoc. Cuando ésta es en verdad la experiencia del cristiano, se ven en su vida una sencillez, una humildad, una mansedumbre y bondad de corazón que muestran a todo aquel con quien se relacione que ha estado con Jesús y aprendido de él (Conflicto y valor, p. 30).

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