Notas de Elena | Sábado 9 de abril 2016 | El Sermón del Monte | Escuela Sabática
Sábado 9 de abril
Cristo podría haber abierto a los hombres las verdades más profundas de la ciencia. Podría haber revelado misterios cuya penetración ha requerido muchos siglos de trabajo y estudio. Podría haber hecho sugestiones en los ramos científicos que hasta el fin del tiempo habrían proporcionado pábulo para la reflexión y estímulo para la inventiva. Pero no lo hizo. No dijo nada que satisficiera la curiosidad o estimulara la ambición egoísta. No presentó teorías abstractas, sino lo que es esencial para el desarrollo del carácter, lo que ampliará la capacidad de un hombre para conocer a Dios, y aumentará su poder para hacer el bien. En vez de indicar a la gente que estudiase las teorías de los hombres acerca de Dios, su Palabra o sus obras, Cristo les enseñó a contemplarle manifestado en sus obras, en sus palabras y en sus providencias. Relacionó sus mentes con la del infinito (Consejos para los maestros, p. 34).
Las multitudes se asombraban de estas enseñanzas, que eran tan diferentes de los preceptos y ejemplos de los fariseos. El pueblo había llegado a pensar que la felicidad consistía en la posesión de las cosas de este mundo, y que la fama y los honores de los hombres eran muy codiciables. Era muy agradable ser llamado “Rabbí”, ser alabado como sabio y religioso, y hacer ostentación de sus virtudes delante del público. Esto era considerado como el colmo de la felicidad. Pero en presencia de esta vasta muchedumbre, Jesús declaró que las ganancias y los honores terrenales eran toda la recompensa que tales personas recibirían jamás. El hablaba con certidumbre, y un poder convincente acompañaba sus palabras. El pueblo callaba, y se apoderaba de él un sentimiento de temor. Se miraban unos a otros con duda. ¿Quién de entre ellos se salvaría si eran ciertas las enseñanzas de este hombre? Muchos estaban convencidos de que este maestro notable era movido por el Espíritu de Dios, y que los sentimientos que expresaba eran divinos {El Deseado de todas las gentes, pp. 270, 271).
Jesús se revistió de humanidad para poder hacer frente a la humanidad. El coloca a los hombres bajo el poder transformador de la verdad encontrándolos donde están. Obtiene acceso al corazón conquistando la simpatía y la confianza, y logrando que todos sientan que su identificación con la naturaleza y el interés humano es completa. La verdad salía de sus labios hermosa en su sencillez, y sin embargo revestida de dignidad y poder. ¡Qué maestro era nuestro Señor Jesucristo! ¡Cuán tiernamente trató a cada honrado investigador de la verdad, para poder ganar su simpatía, y hallar un lugar en su corazón! (Testimonios para los ministros, p. 190).
Hemos de crecer diariamente en belleza espiritual. Fracasaremos con frecuencia en nuestros esfuerzos de imitar el modelo divino. Con frecuencia tendremos que prosternamos para llorar a los pies de Jesús debido a nuestras faltas y errores, pero no hemos de desanimamos. Hemos de orar más fervientemente, creer más plenamente y tratar otra vez, con mayor firmeza, de crecer a la semejanza de nuestro Señor. Al desconfiar de nuestro propio poder, confiaremos en el poder de nuestro Redentor y daremos alabanza al Señor, quien es la salud de nuestro rostro y nuestro Dios {Mensajes selectos, tomo 1, p. 395).

(359)

DEJA UN COMENTARIO

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*