Notas de Elena | Sábado 9 de mayo 2015 | Jesús, el Espíritu Santo y la oración | Escuela Sabática 2015


Sábado 9 de mayo

En todas nuestras pruebas se nos invita a buscar fervientemente al Señor, recordando que somos propiedad de él, hijos suyos por adopción. Ningún ser humano puede comprender nuestras necesidades como Cristo. Si se la pedimos con fe, recibiremos su ayuda. Le pertenecemos por creación, y también somos suyos por redención. Mediante las cuerdas del amor divino estamos sujetos a la Fuente de todo poder y fortaleza. Si tan solo dependiéramos de Dios, pidiéndole lo que deseamos como el milito le pide a su padre lo que quiere, obtendríamos una rica experiencia. Así aprenderíamos que Dios es la fuente de toda fortaleza y poder (Exaltad a Jesús, p. 49).

Hay que orar. Jesús no nos habría encargado que lo hiciéramos, si no se hubiera tratado de una necesidad real. Él sabe perfectamente bien que nosotros, por nuestra propia cuenta, somos incapaces de vencer las muchas tentaciones del enemigo, o de descubrir las muchas trampas que coloca para nuestros pies. El Señor no lo ha abandonado para que se defienda solo; ha provisto una manera por medio de la cual puede obtener ayuda. Por esa razón le pide que ore.

Orar correctamente consiste en pedirle a Dios con fe las cosas que se necesitan. Vaya a su cuarto, o a cualquier otro lugar privado, y pídale a su Padre que lo ayude, en el nombre de Jesús. Hay poder en la oración que procede de un corazón convencido de su propia debilidad, y que sin embargo anhela fervientemente la fortaleza que proviene de Dios. La oración ferviente será escuchada y atendida. Acuda a Dios, porque él es fuerte y se complace en escuchar las oraciones de sus hijos, y aunque puede ser que usted se sienta muy débil y a veces se vea abrumado por el enemigo, porque ha descuidado la primera orden del Salvador, de velar, sin embargo no abandone la lucha. Realice esfuerzos más decididos que antes. No desmaye. Arrójese a los pies de Jesús, quien también fue tentado y sabe cómo socorrer a los que son tentados. Confiésele sus faltas, sus debilidades, y dígale que necesita ayuda para vencer, o que de lo contrario perecerá. Y cuando pida, debe creer que Dios lo escuchará… Dios le ayudará. Los ángeles velarán sobre usted. Pero antes de recibir esta ayuda, usted debe hacer lo que esté de su parte. Vele y ore. Que sus oraciones sean fervientes. Que el lenguaje de su corazón sea éste: “No te dejaré, si no me bendices”. Tenga un tiempo definido para orar, por lo menos tres veces por día. Daniel oraba a Dios mañana, tarde y noche, haciendo caso omiso del decreto real, y del temido foso de los leones. No tenía vergüenza ni temor de orar, sino que con sus ventanas abiertas oraba tres veces al día. ¿Olvidó Dios a su siervo fiel cuando lo echaron en el foso de los leones? Oh, no. Estuvo con él allí la noche entera. Cerró la boca de los leones hambrientos y estos no le pudieron hacer daño al hombre devoto de Dios (Exaltad a Jesús, p. 362). Que haya oraciones más fervientes en busca del Señor. “Todo aquel”, aseveró Cristo, “que pide, recibe; y el que busca, halla” (Lucas 11:10). Se me ordena exhortar a todo maestro del evangelio acerca de la necesidad de multiplicar y ampliar sus conceptos de lo que Cristo será para los que sobrellevan responsabilidades. Las capacidades se incrementan maravillosamente bajo el poder del Espíritu Santo… ¿Buscará al Señor fervientemente? Ore, ore como humilde investigador. No ponga su inventiva en acción para probar que otros son impíos, sino hábleles con ternura para que ellos escudriñen sus propios corazones pecaminosos, y ore pidiendo que el Señor purifique de pecado el templo del alma (Alza tus ojos, p. 264).

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