«Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana» (Apocalipsis 22: 16).

 Cuando el sol se levanta por el oeste no tiene el brillo ardiente del mediodía, sino que se asoma por el horizonte con una luz mortecina que aumenta paulatinamente. Así vino Jesús: primero, en Belén, discretamente; pero aumentando día tras día.

Cuando sale el Sol los pajarillos cantan con alegría. Dios hizo que esa gran bola de fuego se levantara con tanta suavidad que no asustara a ningún gorrión. Tampoco se asustan las flores del campo porque el gran sol vaya a inundar el cielo. Todas ellas abren sus cálices para beber la luz dorada y, así, recuperar la lozanía.

Lo mismo sucede cuando Jesús brilla en el corazón. Es así de sencillo y discreto. Que Jesús habite el corazón significa que ya no hay oscuridad. Cuando Jesús entra en el corazón, expulsa la oscuridad de la ignorancia, la tristeza, el miedo y la desesperación. «Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciera la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» (2 Cor. 4:6).

«Es privilegio y deber de todo cristiano tener grande y bendita experiencia de las cosas de Dios. “Yo soy la luz del mundo”, dice Jesús, “el que me sigue no andará en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida” (Juan 8:12). “La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Prov. 4:18). Cada paso que se da en fe y obediencia pone al alma en relación más íntima con la luz del mundo, en quien “no hay ningunas tinieblas”. Los rayos luminosos del Sol de Justicia brillan sobre los siervos de Dios, y estos deben reflejarlos. Así como las estrellas nos hablan de una gran luz en el cielo, con cuya gloria resplandece, así también los cristianos deben mostrar que hay en el trono del universo un Dios cuyo carácter es digno de alabanza e imitación» (El conflicto de los siglos, cap. 28, p. 468).

En este mundo quizá tengamos que andar por el valle de sombra de muerte. Pero en el Padre de las luces, «no hay mudanza, ni sombra de variación» (Sant. 1:17). Lleve con usted la luz de Jesús. Basado en Juan 12:46

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