Sábado 13 de agosto 2016 | Devoción Matutina para Damas 2016 | Digna de confianza


Si uno quiere despertar confianza, debe ser digno de confianza. Stephen Covey

La CASA DE NASRUDÍN estaba en llamas y él se subió al tejado para no morir en el incendio. Sus vecinos, que habían llegado corriendo para socorrerlo, extendieron una manta, agarrándola entre todos, para que Nasrudín saltara. “¡Salta!”, le gritaron. “¡Ni hablar! -respondió él-. Los conozco demasiado. Sé que si salto, apartarán la manta y me dejarán en ridículo”. “¡No seas tonto, esto no es una broma! ¡Salta!”, insistieron los vecinos. Pero Nasrudín no saltó: “No confío en ninguno de ustedes. Dejen la manta en el suelo y saltaré”, dijo.*
¡Pobre Nasrudín! ¿O debería decir “pobres vecinos”? Ellos son en realidad los que me dan más lástima, pues a lo largo de los años no fueron capaces de ganarse la confianza de uno de sus vecinos. Su relación anterior solo sirvió para sentar las bases de la desconfianza, ¡qué tristeza tan grande!
¿Qué tipo de relaciones establecemos con familiares, amigos, compañeros de trabajo, hermanos de iglesia, vecinos y conocidos en general? ¿Pueden confiar en nosotras las personas que nos rodean? Si es así, no es fruto del azar. La confianza se conquista a través de una disposición servicial, de una constante actitud de cordialidad, de un espíritu imparcial que no hace acepción de personas, de una conducta desinteresada, de una amabilidad a prueba de bomba, de una veracidad inalterable y de una integridad total, tanto en público como en privado.
Los momentos difíciles y decisivos no son la ocasión de comenzar a generar confianza, por más que uno quiera. Si no nos hemos hecho dignas de ella con el contacto diario, habremos perdido la oportunidad de ser una persona de referencia en un momento crucial de la vida de alguien. ¡Qué oportunidad desperdiciada! ¡Qué inútil sería nuestra profesión cristiana si eso nos llegara a suceder!
El poeta rumano Nicolae Iorga escribió: “La confianza solo se pierde una vez”. Es cierto que, para que se pierda, han de pasar muchas cosas, pero una vez se pierde, ¡qué difícil es de recuperar! Vivamos de tal manera que nos haga dignas de confianza, de modo que en los momentos clave de las vidas de nuestros semejantes, podamos ser de utilidad. Quién sabe si así salvaremos un alma…

“No fue necesario pedir cuentas de este dinero a los supervisores de la construcción, porque eran hombres honestos y dignos de confianza” (2 Rey. 12:15, NTV).

* Anthony de Mello, La oración de la rana, t. 1 (Cantabria: Sal Terrae, 1988), p. 75.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA LA MUJER 2016
Ante todo, cristiana
Por: MÓNICA DÍAZ
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