Y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. (Jeremías 29:13).

 ¿Hay quienes se desaniman cuando claman a Dios con un propósito especial y no reciben una respuesta de inmediato. La tardanza no es del agrado de nadie. Una comunicación con demoras nos hace sentir incómodas, inseguras y nerviosas. Sin embargo, es probable que alguna vez, al hacer una llamada de larga distancia, nos diéramos cuenta de que era necesario esperar algunos segundos para escuchar a la otra persona. Ese eco o demora resulta incómodo, pero por eso no nos vamos a desesperar y a cerrar la comunicación. Lo triste es que cuando algunas personas oran al Señor, y él tarda en contestar, dicen: «No me escucha» y ¡cierran la comunicación! Amiga, no hay tardanza en Dios. Nosotras quizá lo consideremos así, pero probablemente en sus tiempos está la respuesta.

Cuando le pedimos algo a Dios él siempre responde de una manera correcta y en el tiempo perfecto, porque «toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces en quien no hay mudanza, ni sombra de variación» (Sant. 1:17). Asimismo, tenemos su divina promesa: «Antes que clamen, yo responderé; mientras aún estén hablando, yo habré oído» (Isa. 65:24).

Me gusta la forma en que el escritor Stephen N. Haskell lo explica: «En el cielo no hay pérdida de tiempo. El primer débil susurro de necesidad expresado por un hijo de Dios, es presentado ante su trono y el mandato de contestarlo es dado rápidamente» (La historia de Daniel el profeta, p. 10).

En el mismo momento en que movemos los labios, o al formular una oración mental, ¡él nos escucha! En la Biblia tenemos el ejemplo de Ana, quien clamó a Dios para ser librada de su adversidad. También el de Nehemías, quien pidió mentalmente sabiduría para darle una respuesta al rey Dios no está tan lejos que no pueda escucharnos, antes al contrario, está siempre a nuestro lado cuando lo llamamos.

Querida hermana, ante todo debemos creer: «Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a los que lo buscan» (Heb. 11:6).

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