Mujeres

La justicia protege al que anda en integridad, pero la maldad arruina al pecador. Proverbios 13:6

La palabra “corrupción” se ha vuelto muy común en nuestra sociedad; la vemos en la prensa, la oímos en la radio y la televisión, la encontramos en la literatura y es de uso cotidiano en la calle y los hogares. El hecho es que muchas personas tienen un código ético elevado mediante el cual evalúan a los demás; sin embargo, quizá la vida de algunos de ellos esté manchada en lo privado por la falta de honestidad, por el fraude o por algún otro defecto o mala actuación.

Esa tendencia que parece ir en aumento, afecta por igual a hombres y a mujeres.

Cuando hablamos de integridad, nos referimos a un valor que es vital para el buen vivir. La integridad personal supone a una persona completa, sin dobleces, alguien que no tiene dos caras. Alguien que es confiable tanto en su hablar como en su manera de actuar. Sencillamente es una persona que actúa con transparencia.

Nosotras, las que amamos a Dios y hemos aceptado a Cristo como nuestro salvador personal, nos consideramos “cristianas”, y deseamos que el mundo, al contemplar nuestra actuación, nos reconozca como tales. Dios se agrada cuando logramos conducirnos de esa forma.

La mujer que se dice cristiana lo será cuando se sujete a la voluntad de su Creador y muestre en su carácter destellos de la personalidad divina. Si la integridad determina su existencia, habrá coherencia entre su vida pública y privada. No tendrá que esforzase por parecer “buena” porque en realidad lo es.

Amiga, Dios nos llama a caminar en integridad. Es hora de solicitar ayuda al único que puede cambiar los aspectos oscuros de nuestra personalidad: las tendencias pecaminosas, los pensamientos impuros, las conductas erróneas. Recuerda la advertencia de Dios, que bien expresó el sabio: “A los justos los guía su integridad; a los falsos los destruye su hipocresía” (Prov. 11:3).

Que lo decoroso y lo decente, lo puro y lo verdadero, lo bueno y lo santo, sean el sello de nuestra personalidad. ¡Nunca permitas que tu actuación deje una sombra de duda! “No se contenten solo con escuchar la Palabra, pues así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica. El que escucha la Palabra pero no la pone en práctica es como el que se mira el rostro en un espejo y, después de mirarse, se va y se olvida en seguida de cómo es” (Sant. 1:22-24).

LECTURAS DEVOCIONALES PARA LA MUJER

ALIENTO PARA CADA DÍA

Por: Erna  Alvarado

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