Sábado 3 de octubre 2015 | Devoción Matutina para Adultos 2015 | Las lágrimas de Atocha

“¡Jehová! ¡Jehová! Dios fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira y grande en misericordia y verdad, que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, pero que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que castiga la maldad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Éxodo 34:6, 7).

Ocurrió el 11 de marzo de 2004. Era la hora punta de la mañana. Los trenes de cercanías iban repletos de hombres, mujeres y niños que iniciaban sus actividades cotidianas. Habían subido en todo el corredor del Henares (zona de la periferia de Madrid), donde reside una importante colonia de inmigrantes rumanos y se dirigían hacia la estación de Atocha, el intercambiador de trenes más importante de la ciudad. Pero entre las 7:36 y las 7:40, en las estaciones de El Pozo, Atocha y Santa Eugenia, se produjeron diez explosiones casi simultáneas en cuatro de los trenes que dejaron un trágico balance de 191 muertos y 1.858 heridos.
Un comando terrorista de Al Qaeda, una organización islamista, fue el autor de la masacre. Habían depositado en los vagones unas mochilas cargadas de explosivos que hicieron estallar por medio de temporizadores. Entre los muertos había dos adventistas: la joven Nicoleta Diac, adventista rumana, muerta en el acto; y Emilian Popescu, también adventista rumano, cuyo cuerpo quedó irreconocible. Entre los heridos de gravedad estaban Margarita Cerrato, española, con traumatismo en un pie y los oídos; Ciuhat Lorin, herido de consideración, rumano, quien escribió más tarde un libro sobre el atentado; y Emilia Mavru, también rumana, herida en los pies y la cara. Silviu Jarnea, que viajaba en uno de los trenes y que me ha contado los detalles de la tragedia, salió ileso porque en su vagón no había explosivos.
Los terroristas buscaban causar el mayor número de víctimas inocentes para generar gran alarma social. En este caso, la mayor parte de los afectados eran trabajadores, estudiantes, gente modesta, no implicada en las reivindicaciones de los terroristas. Lo peor de todo es que atrocidades de esta naturaleza se han cometido usando como pretexto motivos religiosos.
La Biblia describe al Padre celestial como un “Dios fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira y grande en misericordia y verdad”. Yo lo he comprobado en mi propia vida. El Dios de la Biblia no puede inspirar un atentado,
un crimen o un fraude. ¡De ninguna manera! Más bien, inspira perdón y misericordia.
Busca hoy de corazón al Señor y vive de forma que lo honres con tu vida.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2015
Pero hay un DIOS en los cielos…
Por: Carlos Puyol Buil
Lecturas devocionales para Adultos 2015
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