jovenesNo te fijes en el vino. ¡Qué rojo se pone y cómo brilla en la copa! ¡Con qué suavidad se resbala! Pero al final es como una serpiente que muerde y causa dolor. Proverbios 23:31,32

«Amores que matan». No hay mejor manera de expresar lo que le sucedió a una mujer que murió después de ser mordida por una víbora venenosa que ella conservaba como mascota en su propio hogar. Herida de muerte, la mujer logró conducir su automóvil hasta el hospital más cercano, pero falleció varios días después, víctima del veneno fatal de la serpiente. Pero lo más sorprendente del caso se produjo cuando la policía local entró en el hogar de la mujer. Dentro de la casa encontraron nueve víboras venenosas, alrededor de una docena de otras serpientes, cocodrilos, lagartijas, iguanas y toda una variedad de animales rastreros (Cincinnati Enquirer, edición electrónica, 12 de septiembre de 2004).

¿Serpientes venenosas como mascotas? ¿A quién se le puede ocurrir semejante locura? Pues a nadie que esté en su sano juicio. ¿Sabía esa señora que las serpientes que conservaba en su propia casa podían causarle la muerte? Seguro que sí. Entonces su problema no era ignorancia, pues ella sabía el riesgo que corría.

No obstante, antes de juzgar a esta señora por su locura, haríamos bien en considerar si ahora mismo no estamos cometiendo un error similar. ¿No hacemos nosotros lo mismo al coquetear con un pecado acariciado? ¿No hace lo mismo el joven que conserva en su biblioteca, en su cuarto o debajo del colchón alguna «serpiente venenosa»?

El texto de hoy nos habla del vino que se resbala con suavidad, y al final muerde como serpiente. Pero no solo del vino se puede decir tal cosa, sino de cualquier pecado: una revista pornográfica, una caja de cigarrillos, una película inmoral…  A primera vista se ven tan atractivos, casi seductores, pero cuando muerden, los resultados son mortales.

¿A quién se le puede ocurrir tener como mascota a una serpiente venenosa? Desde un punto de vista espiritual, a todo aquel que juega con un pecado acariciado. ¿Será que necesitamos registrar bien la casa para asegurarnos de que no haya «serpientes venenosas»? ¿O será que ya sabemos dónde están? Pues si ya sabemos dónde están, ¿por qué no matarlas hoy mismo, antes de que ellas nos inyecten el veneno mortal?

Dame valor, Señor, para sacar de mi vida cualquier práctica que pueda envenenar mi corazón.

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