Viernes 26 de agosto 2016 | Devoción Matutina para Damas 2016 | Transparencia


Vive de tal manera que no tengas temor ni vergüenza de vender tu loro a la persona más chismosa de tu pueblo. Anónimo

EN LOS TIEMPOS del Ku Klux Klan, un sencillo perro hizo aprender a todo un pueblo una lección que, aunque sabemos ya, tendemos a olvidar en el día a día. Aquel perro se llamaba Bribón.
Era verano en Broken Brow, Nebraska, cuando tuvo lugar un siniestro desfile nocturno. Escondidas tras túnicas y capirotes blancos, y con apenas dos agujeros para poder ver, un grupo de personas daba vueltas alrededor de la plaza. Caminaban con altivez, especialmente su líder, el gran kláguila, que ocupaba el lugar central de la primera fila. La gente, en la calle, observaba el espectáculo, preguntándose cuál sería la identidad de aquellos manifestantes. Fue entonces cuando un perrito, irónicamente blanco y negro, apareció en escena. Todo el mundo lo conocía.
Era Bribón, el perro del doctor Jensen. Su carrera fue directa hasta el líder, delante del cual se paró y comenzó a dar saltitos, reclamando a su amo un poco de atención. “¡A casa, Bribón, a casa!”, dijo la misteriosa figura. Y así se rompió el misterio.
Kláguila fue desenmascarado. “Aquel fue el fin de Ku Klux Klan en Broken Arrow”, afirma Yale Hauffman, autor del relato.*
Es un hecho: no siempre somos quienes los demás creen que somos. En realidad, los únicos que conocemos nuestra verdadera identidad somos nosotras y Dios. Las apariencias, la reputación son relativamente fáciles de guardar; basta con saber engañar a los demás, y en eso todas podemos ser expertas. Por eso gozar de una buena imagen no es motivación buena ni suficiente para hacer lo que hacemos. Lo que cuenta es ser coherentes, íntegras, vivir como para Dios. Se llama transparencia y, lamentablemente, no abunda tampoco en nuestros días.
Vivir como quien no tiene nada que esconder; practicar aquello en lo que decimos creer; comportarnos en privado igual que en público; dejar en manos de Dios la opinión que los demás tengan de nosotras; no tener una doble moral, eso es lo que Jesús nos enseñó. Esa es la única manera de hacer ver a todos que se puede ser íntegro y digno de confianza en un mundo en el que ya nadie cree en nadie, porque le hemos dado sobradas razones para ello.

“Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál. 2:20).

Relato de Yale Hauffman citado en Creía que mi padre era Dios, de Paul Auster (Barcelona: Seix Barral, 2012), pp. 26-28.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA LA MUJER 2016
Ante todo, cristiana
Por: MÓNICA DÍAZ
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