El ejemplo de los padres

“Y cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña” (Génesis 22:9).

Piensa en la postura de Isaac en el monte Moriah. Lo más natural sería salir corriendo, intentar inmovilizar al padre o pedirle ayuda a los siervos que se habían quedado al pie de la montaña.

Tal vez podría confrontar a su padre y argumentar con él, con la intención de demostrar que esas órdenes de Dios podrían haber sido solo sueños nocturnos o delirios irresponsables.

Isaac, sin embargo, simplemente obedeció a su padre. “Desde la niñez se le había enseñado a Isaac a obedecer pronta y confiadamente, y cuando el propósito de Dios le fue manifestado, lo aceptó con sumisión voluntaria. Participaba de la fe de Abraham, y consideraba como un honor el ser llamado a dar su vida en holocausto a Dios. Con ternura trató de aliviar el dolor de su padre, y animó sus debilitadas manos para que ataran las cuerdas que lo sujetarían al altar” (Patriarcas y profetas, pp. 147,148).

Hay una gran lección en la actitud de Isaac: los hijos no son lo que queremos que ellos sean, son lo que nosotros somos. Isaac solamente aceptó realizar el viaje con su padre y ser atado porque antes vio el ejemplo de Abraham. Él había dejado su tierra para obedecer fielmente las órdenes de Dios. Aceptó la extraña promesa de tener un hijo en la vejez. Había obedecido la orden de sacrificar a su hijo. Con plena seguridad, en muchos otros momentos, Isaac había visto la profunda fidelidad de su padre. Fue educado por el ejemplo. Cuando llegó su momento, no actuó diferente de lo que su propio padre lo haría.

La regla también tiene su efecto negativo, y eso ocurió con Isaac. Así como el padre había mentido sobre su esposa, diciendo que ella era su hermana, Isaac terminó haciendo lo mismo. En Egipto y en Gerar, con el Faraón y con el rey Abimelec, Dios tuvo que corregir la equivocación de Abraham (Gén. 12:13; 20:2). En la misma región de Gerar, otra vez con Abimelec, Isaac también mintió diciendo que Rebeca era su hermana (Gén. 26:7).

Es una tremenda verdad: los hijos no son lo que queremos que ellos sean, son lo que somos. Al final de cuentas, como dijo alguien: “El ejemplo no es la mejor manera de educar a los hijos, es la única”. ¿Quieres que tus hijos sean profundamente fieles a Dios? Sé fiel. Puedes estar seguro de que “un gramo de ejemplo siempre valdrá más que una tonelada de consejos”.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2019

NUESTRA ESPERANZA

Erton Kohler

Lecturas devocionales para Adultos 2019

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