Notas de Elena - Libro - Segundo trimestre 2013 - Escuela Sabática

Notas de Elena – Libro – Segundo trimestre 2013 – Escuela Sabática

La introducción de principios que apartaban a la gente de un espíri­tu de sacrificio y la inducían a glorificarse a sí misma, iba acompañada de otra grosera perversión del plan divino para Israel. Dios quería que su pueblo fuese la luz del mundo. De él debía resplandecer la gloria de su ley mientras la revelaba en la práctica de su vida. Para que este designio se cumpliese, había dispuesto que la nación escogida ocupase una posición estratégica entre las naciones de la tierra.

En los tiempos de Salomón, el reino de Israel se extendía desde Hamath en el norte hasta Egipto en el sur, y desde el mar Mediterráneo hasta el río Éufrates. Por este territorio cruzaban muchos caminos naturales para el comercio del mundo, y las caravanas provenientes de tierras lejanas pasaban constantemente en un sentido y en otro. Esto daba a Salomón y a su pueblo oportunidades favorables para revelar a hombres de todas las naciones el carácter del Rey de reyes y para enseñarles a reverenciarle y obedecerle. Este conocimiento debía comunicarse a todo el mundo. Mediante la enseñanza de los sacrificios y ofrendas, Cristo debía ser ensalzado delante de las naciones, para que todos pudiesen vivir.

Puesto a la cabeza de una nación que había sido establecida como faro para las naciones circundantes, Salomón debiera haber usado la sabi­duría que Dios le había dado y el poder de su influencia para organizar y dirigir un gran movimiento destinado a iluminar a los que no conocían a Dios ni su verdad. Se habría obtenido así que multitudes obedeciesen los preceptos divinos, Israel habría quedado protegido de los males practicados por los paganos, y el Señor de gloria habría sido honrado en gran manera. Pero Salomón perdió de vista este elevado propósito. No aprovechó sus magníficas oportunidades para iluminar a los que pasaban continuamente por su territorio o se detenían en las ciudades principales.

El espíritu misionero que Dios había implantado en el corazón de Salomón y en el de todos los verdaderos israelitas fue reemplazado por un espíritu de mercantilismo. Las oportunidades ofrecidas por el trato con muchas naciones fueron utilizadas para el engrandecimiento personal…

Las rentas del rey y de muchos de sus súbditos aumentaron enor­memente, pero ¡a qué costo! Debido a la codicia y a la falta de visión de aquellos a quienes habían sido confiados los oráculos de Dios, las innumerables multitudes que recorrían los caminos fueron dejadas en la ignorancia de cuanto concernía a Jehová (Profetas y reyes, pp. 51-53).

Las alianzas de los israelitas con sus vecinos paganos resultaron en pérdida de su identidad como pueblo peculiar de Dios. Fueron leu­dados por las malas prácticas de aquellos con quienes hicieron alianzas prohibidas. Su asociación con los mundanos les hizo perder su primer amor y su celo por el servicio de Dios. Las ventajas por las cuales se vendieron solo les trajo chascos y causaron la pérdida de muchas almas.

Lo que le sucedió a Israel le pasará a todos los que vayan al mundo en busca de poder, apartándose del Dios viviente. Los que rechazan a Aquel que es poderoso y fuente de toda fortaleza, y se asocian con los del mundo para depender de ellos, quedan débiles en poder moral como lo son aquellos en quienes confían.

Dios se presenta con ruegos y promesas a los que están cometiendo faltas. Trata de mostrarles sus errores y de llevarlos al arrepentimiento. Pero si se niegan a humillar su corazón delante de él, si se esfuerzan por ensalzarse por sobre él, tiene que manifestárseles por medio de castigos. No se aceptará de parte de los que insisten en deshonrar a Dios, apoyán­dose en el brazo del poder del mundo, ninguna apariencia de estar cerca de Dios ni ninguna afirmación de que hay unidad con él (Comentario bíblico adventista, tomo 4, p. 1177).

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