NOTAS DE ELENA 2013

Vientos, terremoto s y tempestades no son el caprichoso resultado de fuerzas mecánicas no reguladas. Toda la naturaleza, en el sentido más pleno, está bajo el control de leyes físicas, las que a su vez, obedecen una voluntad  superior. “¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño?” (Proverbios 30:4). “Las nubes echaron inundaciones de aguas; tronaron los cielos, y discurrieron tus rayos. Anduvo en derredor el sonido de tus truenos; los relámpagos alumbra­ ron el mundo; estremecióse y tembló la tierra” (Salmo 77:17,18). Que la sabiduría humana no intente destronar y desafiar al gran Soberano del universo. Él es el sustentador. Toda la naturaleza trabaja con las leyes que él ha hecho, que son una expresión de su voluntad (Manuscript Releases, tomo 3, p. 342).

Los que tienen un verdadero conocimiento de Dios no se infatuarán con las leyes de la materia ni las operaciones de la naturaleza, al punto de pasar por alto o rehusar reconocer la continua operación de Dios en la naturaleza. La naturaleza no es Dios, ni nunca lo fue. La voz de la naturaleza testifica de Dios, pero la naturaleza no es Dios. Como obra creada por Dios, simplemente da un testimonio del poder de Dios. La Deidad es el autor de la naturaleza. En sí mismo, el mundo  natural no tiene poder sino el que Dios le suministra. Hay un Dios personal, el Padre; hay un Cristo personal, el Hijo. Y “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero  de todo, y por quien  asimismo  hizo  el  universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 3:1-3)…

Estas palabras de las Sagradas Escrituras no dicen nada de la independencia  de  las leyes de  la naturaleza. Dios proporciona  la materia y las propiedades con las cuales lleva a cabo sus planes. Emplea sus instrumentos para que pueda florecer la vegetación. Envía el rocío, la lluvia y la luz del sol para que brote el verdor y extienda su tapiz sobre la tierra; para que los arbustos y los árboles frutales puedan retoñar y florecer y dar frutos. No se ha de suponer que es puesta en movimiento una ley para que la semilla obre por sí misma, para que aparezca la hoja porque así debe hacerlo por sí misma. Dios tiene leyes que ha instituido, pero éstas son solo siervos mediante los cuales él logra los resultados. Mediante los agentes inmediatos de Dios, cada semillita se abre paso a través de la tierra y brota a la vida. Crece cada hoja, florece cada flor, por el poder de Dios.

 

El organismo físico del hombre está bajo la supervisión de Dios, pero no es como un reloj que se pone en marcha y debe andar por sí mismo. Late el corazón, una pulsación sigue a la otra, una inspiración sigue a la otra, pero el ser entero está bajo la supervisión de Dios. “Vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios” (1  Corintios  3:9). En Dios vivimos, y nos movemos y somos. Cada latido del corazón, cada aliento es la inspiración de Aquel que sopló en las narices de Adán el hálito de vida: la inspiración del Dios siempre presente, el gran YO SOY. (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 345, 346).

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