Notas de Elena - Libro - Segundo trimestre 2013 - Escuela Sabática

Los años finales del malhadado reino de Israel se vieron señalados por tanta violencia y derramamiento de sangre que no se había conocido cosa semejante ni aun en los peores tiempos de lucha e intranquilidad bajo la casa de Acab. Durante más de dos siglos los gobernantes de las diez tribus habían estado sembrando vientos; y ahora cosechaban tor­bellinos. Un rey tras otro perecía asesinado para que otros ambiciosos reinasen. El Señor declaró acerca de estos usurpadores impíos: “Ellos hicieron reyes, mas no por mí; constituyeron príncipes, mas yo no lo supe” (Oseas 8:4). Todo principio de justicia era desechado y los que debieran haberse destacado delante de las naciones de la tierra como depositarios de la gracia divina “contra Jehová prevaricaron” (Oseas 5:7) y unos contra otros.

Mediante las reprensiones más severas, Dios procuró despertar a la nación impenitente y hacerle comprender su inminente peligro de ser destruida por completo. Mediante Oseas y Amos envió un mensaje tras otro a las diez tribus, para instarlas a arrepentirse plenamente y para amenazarlas con el desastre que resultaría de sus continuas transgre­siones. Declaró Oseas: “Habéis arado impiedad, segasteis iniquidad: comeréis fruto de mentira: porque confiaste en tu camino, en la multitud de tus fuertes. Por tanto, en tus pueblos se levantará alboroto, y todas tus fortalezas serán destruidas… En la mañana será del todo cortado el rey de Israel” (Oseas 10:13-15).

Acerca de Efraín testificó el profeta: “Comieron extraños su subs­tancia, y él no lo supo; y aun vejez se ha esparcido por él, y él no lo entendió”. “Israel desamparó el bien”, “Quebrantado enjuicio”, incapaz de discernir el resultado desastroso de su mala conducta, el pueblo de las diez tribus quedaría pronto condenado a errar “entre las gentes” (Oseas 7:9; 8:3; 5:11; 9:17).

Algunos de los caudillos de Israel tenían un agudo sentido de su pérdida de prestigio, y deseaban recuperarlo. Pero en vez de apartar­se de las prácticas que habían debilitado al reino, continuaban en la iniquidad, congratulándose de que cuando llegase la ocasión podrían alcanzar el poder político que deseaban aliándose con los paganos. “Y verá Ephraim su enfermedad, y Judá su llaga: irá entonces Ephraim al Assur”. “Y fue Ephraim como paloma incauta, sin entendimiento: lla­marán a Egipto, acudirán al Asirio”. “Hicieron alianza con los Asirios” (Oseas 5:13; 7:11; 12:2).

Mediante el varón de Dios que se había presentado ante el altar de Betel, mediante Elías y Eliseo, mediante Amos y Oseas, el Señor había señalado repetidas veces a las diez tribus los males de la desobediencia. Sin embargo y a pesar de las reprensiones y súplicas, Israel se había hundido más y más en la apostasía. Declaró el Señor: “Porque como becerra cerrera se apartó Israel”. “Está mi pueblo adherido a la rebelión contra mí” (Oseas 4:16; 11:7) (Profetas y Reyes, pp. 209, 210).

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